Dos estilos literarios muy diferentes y opuestos

grupo de maniquíes con ropa de modaEl denominado estilo literario es un concepto que ha evolucionado a través de los siglos y, con ellos, ha cambiado bastante. No voy a hablar sobre todos los estilos literarios que se consideran actualmente, porque la lista es larga y ya eso lo han hecho otros. Solamente aclararé que por estilo literario se entiende aquella forma de escribir y de expresarse literariamente que hace peculiar y distintivo a cada autor. Tanto como las características físicas y de comportamiento individualizan a cada persona.

Yo aquí me centraré, más que nada, en el denominado estilo sobrio que, cuando se quiere llevar a sus extremos y sacarle punta, yo lo denomino minimalista. Y su confrontación con otros opuestos como el estilo sencillo, el estilo nítido, el estilo elegante e, incluso, el estilo florido. Al final coloco el enlace adonde explican cada uno de los estilos, por si no los conoces. Por cierto, no confundas estilos literarios con los recursos estilísticos, mucho menos con los denominados géneros literarios y los subgéneros.

Sea cual sea el estilo o la mezcla de estilos que estés usando —porque sí, se pueden mezclar estilos diferentes en la misma obra—, en toda novela y obra narrativa suelen presentarse dos situaciones bastante comunes. Se dan cuando el autor que gusta de escribir en un estilo sobrio, sencillo y técnico —o bien porque no sabe manejar otro, que de todo hay— intenta ir al minimalismo narrativo o a lo que sea.

Antes de que sigas leyendo te advierto que esto va para largo, bastante largo. Es el resultado de volcar 30 páginas escritas en un formato de DIN A4 con interlineado sencillo y algo más de 12.500 palabras. Tú decides si te puede resultar de interés.

Escribo esto venciendo un tanto mi reticencia a querer dar normas a nadie, porque no me considero quién para ello; razón por la que no pretendo hacerlo e intentaré no hacerlo. Trataré de ser lo más objetivo que pueda, aunque esta será mi propia opinión personal al respecto. Está basada en ciertas normas generales de escritura y en lo que yo sé sobre ellas, además de lo que siento y creo que yo debo de ser como escritor. Indudablemente, no tiene que ser lo que otros consideren que les acomoda a ellos.

Una de esas dos situaciones usuales es la de falta suficiente de descripción sobre lo que están haciendo los personajes y del lugar donde se encuentran.
La otra es la de aplicar un estilo sobrio tan cortado y libre de recursos literarios ornamentales, que puede llegar a convertir la narrativa en una correspondencia de comunicación intergubernamental, en una pulcra receta de cocina o en un manual técnico. Estilos que estaban destinados a un uso en los textos didácticos y técnicos, a las comunicaciones de empresas, institucionales y gubernamentales o al ámbito periodístico los han trasladado a las novelas con resultados bastante pobres, por lo general.

A final del siglo XIX, el francés Émile Zola (1840-1902) defiende lo que el define como el escritor científico. Eran las épocas del naturalismo. Al respecto dice Zola:

Debemos actuar sobre los caracteres, sobre las pasiones, sobre los hechos humanos y sociales como el químico y el físico actúan sobre la materia orgánica, como el fisiólogo actúa sobre los cuerpos vivos…

Por fortuna, eso tuvo pocos seguidores y no prosperó. Hoy en día ni se menciona.

Para no sacarte de la lectura para investigarlo, trascribo lo que se entiende por estilo sobrio:

El estilo sobrio rechaza todo tipo de recursos literarios que sirven sólo como ornamentación y se limita a exponer los conceptos de forma directa y clara. Este estilo es muy frecuente en las obras de carácter didáctico.

El caso es que redactar bien no es lo mismo ni parecido a escribir de manera literaria, que es lo que muchos parecen confundir.
Así como un traductor de textos técnicos, legales, médicos o de correspondencia corporativa, por muy bueno que sea, no necesariamente está en capacidad de manejar la complejidad de una novela para traducirla de manera satisfactoria, ya que no sirve una traducción literal y robotizada. Muchísimo menos servirá para traducir un poema. Vamos con la primera de las dos situaciones mencionadas:

1. Falta de descripción en las acciones de los personajes y de su entorno.

Se produce quizás por seguir la opinión de quienes piensan que todo aquello que no aporte algo a la trama está demás y sobra. Lo habrás escuchado muchas veces. Los escritores que buscan y rebuscan consejos en los tantos decálogos que existen escritos sobre cómo se debe de escribir bien —y no son precisamente sobre gramática y ortografía—, se encuentran ante tal afirmación y la siguen casi al pie de la letra, sin filtrarla ni matizarla. Como lo harán con tantas otras afirmaciones similares. Algunas son de mucha solidez y razonables; otras…

En la cafetería.

A modo de ejemplo típico, en situaciones que son corrientes en muchas novelas, tenemos la que yo llamo la escena de la cafetería. Es la de esas dos personas que entran en una cafetería o en un restaurante para hablar sobre algo. No importa el qué. Lo mismo da que sea sobre su romance, sobre el reciente partido de liga, la vuelta ciclista, la victoria de Fernando Alonso en las 500 millas de Indianápolis; sobre el último caso policial que llevan o sobre cómo asaltar el banco o cómo destruir el mundo. O uno de ellos entra para hablar con el otro que ya está allí; da igual. Lo sabemos porque el narrador nos lo indica.

El síndrome del veni, vidi, vici.

Están allí, conversan durante diez páginas y salen.
Eso, cuando la narración indica que salen, porque no siempre lo hace y, simplemente, en el siguiente capítulo comienzan en otro lugar y, como lector, tengo que asumir que finalizaron la conversación y cada cual se fue por su lado. ¿Para qué recargar la obra poniendo que pagaron la cuenta, dieron propina o no, o que él la ayudó a ella a ponerse el abrigo para salir porque afuera nevaba? Son situaciones que el lector puede asumir perfectamente. Terminaron de hablar y punto. Eso piensas tales minimalistas.

Quizás es porque vieron esas viejas películas del género western tan magníficas de John Ford sobre el duelo de pistoleros. Los dos sacan el revolver y disparan. El galán da la vuelta y va hacia su caballo. No hace falta mostrar al otro en el suelo, asumimos que está muerto. O quizás sea porque las ideas no les dan para más, que también los hay, aunque unos lo admiten y otros lo callan.

El caso es que una película es completamente visual, una novela no lo es. En una película te informan de todo el paisaje y el entorno con un simple paneo de cuatro segundos. En literatura hay que echarle mucha tinta descriptiva para lograr eso mismo.

Como autor te toca, a través de las palabras escritas, lograr que las letras den paso a la imaginación visual del lector. Sin embargo, durante esa media hora que los dos estuvieron en la barra de la cafetería no pidieron nada para tomar, el barman no les dijo nada y no se sentó nadie al lado de ellos; porque el narrador omnisciente no lo menciona ni los actores tampoco. Lo verás mejor en el primer ejemplo que coloco más abajo y que titulo La escena en la barra del bar.

Pues de una vez te digo que, simplemente, como lector yo me olvidé de dónde estaban, mucho menos logré formarme una idea de si era en la taberna de la esquina, el restaurante chino del barrio o en Le Maxim’s.

Si es en una mesa en un restaurante, ni siquiera se sabe qué fue lo que pidieron para comer, si les gustó o no, tampoco pasó ningún camarero para retirar los platos del primer servicio y servirles el segundo. Mucho menos lo hizo el sumiller para preguntarles sobre el vino que preferían. Luego no los interrumpieron para preguntarles qué postre querían o si iban a tomar café. ¿Para qué? El lector lo asume.

Involucrarse emocionalmente con los personajes.

Son esas situaciones normales en la vida real y es lo que, como lector, yo espero encontrar si quiero sentir creíble la escena. Pero resultó que estaban los dos personajes aislados y allí solos, tal como en la dimensión desconocida; donde lo único que le parecía interesar al escritor era el diálogo y lo que hablaban. Y no me voy a meter con el lenguaje que suelen utilizar, que eso da para todo un artículo.

Porque para tales minimalistas del lenguaje narrativo, esas situaciones secundarias no le aportan nada a la trama. Pues no, quizás no le aporta nada a la trama saber qué fue lo que comieron o si les gustó. Pues mira, tampoco me digas cómo va vestido ninguno de los personajes, el color del pelo ni los ojos, porque usualmente no le aporta nada a la trama. Pueden ir vestidos con un mono, unos pantalones vaqueros o con una chilaba durante toda la novela.

Me da la impresión de que hay escritores que desearían ser cineastas, para no tener necesidad de darle siquiera un nombre a cada personaje, que bastante quebradero de cabeza es buscarlos. Que en el cine no es necesario saber cómo se llaman todos porque los estás viendo, pero que en una novela es imprescindible para referirte a ellos.

No obstante, saber cómo visten, lo que les gusta comer o beber, lo que aborrecen; la música que escuchan, sus expresiones particulares y tantos otros detalles más, sí que le puede aportar mucho al carácter del personaje porque se lo dota de verdadera humanidad y, con ello, se logra que el lector se involucre de una manera más intensa y emocional. En definitiva: para él es para quien se escribe. Porque todos esos detalles añaden características a cada uno de los personajes y van matizando su personalidad. Y eso sí que es importante para la novela.

Yo, tal como dice Gabriela Campbel, si se trata de un diálogo entre dos, a las diez o doce líneas de lectura y si el escritor no me lo recuerda, yo ya no sé dónde es que se encuentran ni lo que están haciendo, además de hablar.

¿Qué es lo que hay que mencionar con frecuencia? ¿Solamente aquello que sea importante para la trama? ¿Cuántas veces habría que hacerlo?

Esta fue una pregunta de un joven en un grupo de escritores. Aquí aparece bien clara la marca de agua de todo aquello que no aporte algo a la trama está demás y sobra, que puede llegar a ser tan perjudicial para una obra literaria.

No hay una respuesta breve y sencilla para esa pregunta, al menos yo no la tengo. Porque todo depende del caso y de las circunstancias; no se puede ni se debe generalizar. Partamos de un supuesto base: el lector es una persona olvidadiza.

Hace un momento acabo de afirmar: A las diez o doce líneas de lectura ya no sé dónde es que se encuentran los actores ni lo que están haciendo, si el escritor no me lo recuerda. Entonces, situaciones como saber que Juan es un tipo de cincuenta con lentes y un largo bigote negro, Lorena tiene los ojos azules y es rubia; Ernesto es bizco, Pedrito tienes dos años, Julia cuatro y María siete, que como escritor mencionaste una sola vez, ¿cómo quieres que lo recuerde siete capítulos más adelante y tres semanas por medio? Si no tengo claro todo lo que yo mismo hice tres días atrás. Sobre todo, si durante esos siete capítulos me has mencionado a cinco niños más y otro montón de personajes con nombres griegos, árabes o rusos.

Esto último es lo que yo aborrecía de todas las novelas de Agatha Cristie que leí, que por no tener un listado de personajes me obligaba a llevarlo yo aparte. Porque al poco de empezar y de tal retahíla de personajes como suelen aparecer, yo terminaba sin recordar si el Coronel O’Neal era el dueño del castillo, Mr. Perkins era el mayordomo o el marido de Ms. Robinson, y George era el hijo del coronel o el sobrino del mayor Stevenson.

Como escritor recuerda que, por lo general, las personas se ponen a leer una novela a ratos, no de un tirón. Muchos lo hacen en el autobús o en el metro, con múltiples interrupciones. Otros la agarran apenas un par de horas durante el fin de semana. El lector no tiene en mente a los personajes con la claridad que los tiene el autor. Es por eso por lo que necesitas recordárselo cada vez que sea posible y conveniente. Y es por eso por lo que yo incluyo una lista de los personajes en todas mis novelas.

Y no me preguntes cuándo se considera que es posible y conveniente, porque nadie te lo podrá decir si no lee lo que estás escribiendo. Ahí entra tanto la experiencia del escritor como una sencilla lógica literaria.

De vez en cuando puedes decir que Juan se atusó el bigote, quizás como un tic que tiene cuando está preocupado, y que suele limpiar los lentes con el pañuelo luego de echarles algo de vaho con la boca, con lo que me estarás recordando esos detalles de una manera indirecta. Mencionar que Ernesto bizquea más cuando está nervioso. Que el sol refulgió sobre los rubios cabellos de Lorena cuando cruzaba la calle y, en otro momento, que sus ojos azules miran de manera directa y sincera. O que los hoyuelos en las mejillas de Marisela eran encantadores cuando se remarcaban al sonreír.

Hay tantísimas formas para describir y recordar características físicas, sin que sea de una manera descriptiva realizada por el narrador. Y esos siete capítulos más tarde, cuando Juana dice que hay que tener en cuenta que Pedrito es solo un niño, ¿tú esperas que yo recuerde que es el que tiene dos años? Si quizás tú mismo como autor no te acuerdes y tengas que tirar de tus notas de los personajes.

Como lo mejor para esto es siempre un ejemplo, voy a colocar extractos de las situaciones mencionadas, En este caso, y para evitarme los posibles y probables inconvenientes al citar largos trozos de otros autores, utilizaré unos de algunas de mis novelas. Para este primer caso utilizaré una conversación de barra de bar entre dos hombres. Es del Capítulo 20, «Un atentado mortal», de mi novela La rosa de Tánger, y la considero una buena representante de estas narraciones de ubicación permanente de los personajes del acto, sin ser intrusivas para el lector.

La escena en la barra del bar.

Sentado en un lado de la barra, Daniel tomaba una cerveza sin alcohol en su bar de costumbre. Entró un compañero del cuerpo, que pertenecía a Intervención de Armas. Se sentó en el taburete de al lado. Pidió una cerveza también y dijo en voz baja:
—Daniel, ándate con cuidado. Se escuchan algunos rumores. Se dice que te has vuelto muy incómodo para algunos y te tienen controlado. Al parecer, hay alguien a quien tienes muy cabreado y contrariado. Quizás sea a más de uno.
—Sé algo de eso.
—Lo que quizás no sepas es que… —Calló mientras el barman le dejaba delante el vaso de cerveza—. Daniel, a ti no hay forma de comprarte. Si cada hombre tiene su precio no han dado con el tuyo, y ya han de estar seguros de que con dinero no será. De modo que, para ciertas cosas, a quien no entra en el juego, no baila al son que le tocan ni se puede comprar… sale estorbando. Tú lo sabes.
—Sé que no soy del agrado de algunos. Eso no lo puedo evitar y no voy a andar intentando complacerlos. Ya he asumido que me puedan cambiar de destino enviándome al norte —le dijo Daniel.
—Eso sería lo mejor para ti, dentro de todo, créeme. No serías el primero. Aquel que no le cae simpático a su comandante termina cambiado, aunque dudo mucho que contigo se trate de eso. —El barman colocó sobre el mesón un platico con aceitunas y otro con patatas fritas y se volvió a alejar—. Daniel, el último contrabando importante de hachís se consiguió detener gracias a tu intervención, después de que ya había pasado los controles y entró. Tú cambiaste la operación a última hora, ya sobre el terreno. Desobedeciste las órdenes que tenías sin consultar a tu superior ni informarle del cambio. El caso fue que, de haber ido al almacén adonde teníais el chivatazo, no hubierais conseguido nada. El cargamento incautado fue cuantioso. Además, por lo que escuché, casi te cargaste al mismísimo El Chahine en persona y también a El Fahd, aunque ellos te hirieron y por poco se echan al pico al teniente marroquí. ¿Te preguntaste cómo fue que lograron escapar al cordón?
—Sí.
—Pues pregúntatelo de nuevo y analiza mejor lo que pasó aquella noche. Puede que termines dando con la respuesta.
—Ya lo hice y la encontré. Solo pudieron escabullirse con ayuda interna, en un auto policial o de los nuestros.
—Es bueno que hayas llegado a ello. No eres el único. Si no te sancionaron por la desobediencia y por amenazar a un compañero, fue por el resultado que obtuviste y porque tú sabes alegar muy bien y de manera contundente. Tú tienes tus propias fuentes, que han demostrado ser mejores, en estos casos, que las que utilizan en Inteligencia. Tienes una buena red de confidentes aquí y en Tarifa, y parece que también en Tánger o eso se dice. Es algo en lo que también eres bueno. Tu rotunda negativa a decir cuáles fueron, en ese caso, más el asunto con Linares y que levantaras sospechas hacia el propio cuerpo disgustó a algunos mandos. Pero te basaste en el derecho a la confidencialidad y el anonimato, y en el hecho, muy difícil de rebatir, de que revelar las fuentes podría significar sus muertes. Nadie te podía forzar. Tus explicaciones resultaron lo suficientemente convincentes como para que dejaran pasar aquello.
Un par de hombres entraron y se pusieron cerca de ellos.
—¿Qué vais a tomar? —les preguntó el barman.
—Una caña —dijo uno.
—Yo un Rioja —dijo el otro.
El barman les puso los vasos en la barra, junto con los pinchos, ellos los agarraron y se fueron a sentar en una de las mesas. El compañero de Daniel prosiguió diciendo:
—Administrativamente pasó sin más que una llamada de atención, pero más de uno está reputeando tu nombre y acordándose de tu madre y de toda tu familia. No estaría mal, si tan solo se quedara en eso. Según me han contado en conversaciones de bar, tú sabes, Linares echa pestes de ti y ha solicitado que no lo asignen a ningún trabajo contigo.
—Porque yo dije que no lo quería como compañero ni en ninguna operación en la que yo estuviera al mando.
—Pues ándate con cien ojos, Daniel. El tipo es muy rencoroso y peligroso. Mira bien con quién te juntas y con quién hablas, así sea para comprar el periódico. Ten mucho cuidado. Lo que está en juego no es tu cargo aquí ni siquiera tu carrera, sino tu vida. Llevas poco tiempo de casado, cuídate.
El hombre terminó su cerveza y se despidió.
*****

A continuación será una conversación de dos mujeres en un restaurante. Corresponde a mi novela titulada Toda una vida sin ti, Tomo I, «La traductora de árabe». Ahora, para hacértelo más gráfico y diferenciable destaco con color rojo todo aquello que, en mi concepto, para muchos estaría demás, ya que según ellos «no le aporta nada a la trama». Sin embargo, es aquello que nos muestra y recuerda dónde es que están los personajes y lo que están haciendo, además de hablar. Por otra parte, a mi juicio, les otorga un mayor realismo a los personajes y una mayor credibilidad a la acción dentro del contexto en que se desarrolla.

Escena en el restaurante.

Adriana se levantó de la silla y dijo:
—Me parece bien. ¿Desayunaste?
—Si acaso lo hice, mi estómago ni se acuerda —respondió Selene.
—Pues te invito a tomar algo, que ya es casi media mañana y yo estoy con un miserable café nada más. Me apetece un brunch.
Ya sentadas en la cafetería ante sendos zumos, cafés, huevos, salchichas con tocineta; setas, habas estofadas, ensaladilla rusa; dos panquecas Adriana y un muffin Selene, mermelada y rebanadas de pan de espelta integral tostado, esta le dijo:
—Esta novela tiene algunas expresiones y situaciones que no me quedan completamente claras, en cuanto a cómo las voy a traducir.
—Pues lamento mucho no poder ayudarte en eso. Si fuera en inglés, francés o italiano podría echarte una mano; pero de árabe no sé una jota —dijo Adriana.
—No se trata de eso. No es la traducción literal en sí, sino el hecho de que en árabe podrían ser expresadas de diferentes formas. Si lo traduzco literalmente quedará ambiguo. Si pudiera hablar con el autor me ayudaría a aclararme, y a buscar la expresión más adecuada y precisa que él le quiere dar.
[…]
—Lo de bien conocido será para ti —dijo Adriana—. De seducción árabe y de harenes yo solo sé lo que he visto en películas. Pero ahora comprendo la observación que me hiciste sobre esa novela. Es sumamente interesante y la tendré en cuenta para usar en mis opiniones literarias, aunque no esperes que te dé el crédito.
Selene sonrió y dijo:
—Te lo cedo. Me tiene muy intrigada la personalidad del autor. —Adriana sonrió mientras daba cuenta de un trozo de salchicha y de tocineta—. Entiendo que la novela tiene una parte anterior.
—Sí, la tiene; esa es una segunda parte.
—¿De cuántas se compone?
—No lo sé. ¿Por qué?
—Es tan hermosa. Me hubiera gustado haberla escrito yo.
¿Cómo es que no sabes cuántas partes tendrá?
—Porque eso dependerá de lo que el autor decida. Él no me ha dicho todo lo que tiene en mente. Por los momentos son dos partes y esta segunda la está terminando o lo estaba haciendo. Hay algo que lo tiene parado y no me ha querido decir lo que es. Me alegra muchísimo que pongas tan buen cuidado en la traducción. Cada vez estoy más contenta de haberte contratado fija, te lo digo muy sinceramente. Fuiste una excelente recomendación.
—¿Fui recomendada? Nunca me dijiste eso. ¿Quién me recomendó? —preguntó Selene.
Adriana terminó de masticar lo que se había metido en la boca, bebió un trago de zumo y dijo:
—Eso no tiene importancia en este momento. Solo te diré que fue quizás la mejor recomendación que me han hecho, después de aconsejarme probar los huevos a la benedictina. Esto de los traductores es un asunto delicado. Por muy bien que una persona hable y domine un idioma, así sea un traductor oficial, no necesariamente está en la capacidad para manejar la complejidad literaria de una novela. No es asunto de traducir al pie de la letra, como lo haría un robot.
—Sí, eso es muy cierto —convino Selene—. ¡Hum!, esta tocineta está en el punto exacto en que me gusta, ni muy tostada ni poco.
Sí, está muy buena —dijo Adriana—. Selene, me satisface que tengas muy claro que, a las traducciones de novelas, hay que darles las expresiones y las cualidades literarias necesarias en cada idioma. Es como poner a redactar la misma narrativa de una página a una persona cualquiera y a un buen escritor. Tenemos el caso de la traducción que se hizo al árabe de Un amor de dos mundos, que no fue todo lo buena que pudo haber sido, literariamente hablando. Eso es una verdadera lástima, porque el resultado del traductor desmerece por completo la enorme calidad del autor.
—¿Cómo puedes evaluarlo si no entiendes el árabe?
—¡Hum! Estos huevos benedictinos están de muerte. Me encanta la manera como los preparan aquí. Yo no sé cómo es que hacen la salsa holandesa, que les queda con un toque distinto —dijo Adriana.
—Sí, están deliciosos. ¿Siempre has desayunado tan fuerte?
—Antes no. Me acostumbre con… Con un buen amigo que entendía la importancia que tiene el desayunar bien.
—Pues yo todavía me asombro de estar comiendo todo esto a esta hora. La primera vez que me invitaste a un brunch, hace ya meses, pensé que reventaría. No creí tener capacidad para meterme en el estómago estas mezclas y en tal abundancia y, ya ves, ahora entra como si nada; es que está delicioso. Parezco musulmana en Ramadán. ¿No te dije? Comencé a prepararme estos desayunitos en casa, los fines de semana —dijo Selene.
—Pues me invitas. Respondiendo a tu pregunta…
[…]
—De modo que te gusta la ópera y escuchas a Caruso. Ya me decía yo. Vaya pareja —dijo Adriana.
—¿Qué pareja?
—Caruso y tú.
—¿A qué viene eso, Adriana?
Esta hizo un movimiento restándole importancia al comentario y le preguntó:
—¿Sabes de quién es la novela que estás traduciendo?
—No. Cuando me pasan una viene sin el nombre del autor ni el título ni dato ninguno, tú lo sabes bien, y yo no quise ponerme a indagar —dijo Selene.
—Chica, me queda esta sola panqueca y no va a ser suficiente. ¿Será posible? No sé qué me pasa hoy. ¿Tú no quieres más?
—¡No! Con el mufin ya es suficiente, gracias.
Adriana pidió más café y un cruasán integral.
—Tú no tienes idea de lo que me costó convencer al autor
para que publicara esa novela con nosotros.
[…]
—Ese sí que fue un salto —dijo Selene.
—Y tanto. Solamente con Adolfo vive cualquier editorial. ¡Coño, qué tío tan bueno! —dijo Adriana a causa de un hombre que entraba—. ¿Dove tu vai mio babbino caro? Siéntate aquí cerca. ¡Bah! Se sentó con la rubia aquella. Nosotras también somos rubias y estamos necesitando consuelo masculino.
Selene se rio y le preguntó:
—¿Tú estás necesitando consuelo?
—¡Ay!, si yo te contara de mis penurias —dijo Adriana—. ¿Tú no lo necesitas?
Selene sonrió y dijo, un tanto esquiva:
—Es posible que también.
—En fin, ¿en qué estábamos? Sí, con los autores.
[…]

—¿Por qué no? —preguntó Selene.
—Porque si yo no lo lograba, él lo haría mucho menos. Fue una proposición… o mejor dicho, una condición que el propio Adolfo impuso para publicar con nosotros. Te digo que fue la situación más insólita que yo hubiera escuchado jamás. Con decirte que, a estas alturas, todavía me sorprendo cada vez que lo pienso. Él mismo me puso todo en bandeja de plata y, por supuesto, yo acepté de inmediato y bailando con todo y castañuelas.
Adriana levantó los brazos e hizo sonar los dedos como una bailaora, en el momento justo en que llegaba la mesonera con lo ordenado y comentó:
—Estás muy contenta hoy, Adriana.
—Tengo motivos sobrados para estarlo y también para llorar a moco tendido. Prefiero bailar.
—Pues sigue así —dijo ella alejándose.
*****

Ahora tú dirás si realmente sobran esas partes, porque consideres que no le aportan nada a la trama que se desarrolla en esas escenas de cafetería y restaurante, como yo las denomino.

2. Las novelas recetario.

La otra situación narrativa que mencioné es la de convertir la novela en lo que yo denomino una receta de cocina o en un seco y frío manual técnico. Eso se logra al ceñirse demasiado al estilo sobrio y prescindir de lo que nuestra gramática define como figuras retóricas y tropos, que son tan bien conocidas y usadas por los poetas, a la vez que completamente ignoradas por tantos que se clasifican dentro de los puristas de la narrativa. Bueno, cada quien con lo suyo, que hay público para todos. Es que ni siquiera optan por utilizar el estilo sencillo.

Similar al estilo sobrio, el sencillo busca la claridad ante que complicaciones. Admite los adornos y los elementos poéticos, pero rechaza las exageraciones y los recursos rebuscados.

O por el denominado estilo nítido, si quieren conjugar corrección y calidad con belleza narrativa.

El estilo nítido es el que se destaca por la corrección, la elegancia y la propiedad. Admite imágenes y figuras literarias siempre que no dificulten la comprensión del mensaje.

Como ya he mencionado en otros artículos aquí mismo, debido a mis ocupaciones y trabajos he pasado por todos los géneros literarios. Porque a lo largo de mi vida realicé trabajos secretariales en los que necesité dominar los distintos estilos de correspondencia, según a quién iba destinada fuese otra empresa, un banco, una institución pública, una académica o una gubernamental. En cargos técnicos realicé manuales de procedimientos e informes de inspecciones y de accidentes marítimos. También informes y dictámenes legales. Pero todo eso me enriquece como escritor y no me impide la escritura literaria porque estoy en capacidad de distinguir unos de otras. Pero antes de todo eso ya practicaba la poesía y la escritura poética desde los catorce años.

Me agrada la prosa poética y la practiqué muchísimo en mi juventud. Llegar a ella fue un camino lógico, luego de que de la poesía clásica pasé a la poesía moderna y libre. Diferencio perfectamente lo que es una prosa poética, de lo que ha de ser tan solo prosa en una narrativa o en una novela. Ese conocimiento me permite ponerle un poco de sazón, salero y belleza a un trozo narrativo dentro de una novela, si lo considero oportuno.

Quiero indicar, más bien como anécdota, que cuando con catorce años comencé a escribir novelas y cuentos, no tenía la menor idea de lo que eran los géneros narrativos ni en qué se distinguían. No me hizo falta y lo agradezco porque no me condicionaron. Eso sí, para los dieciséis mi bagaje como lector era muy muy amplio ya, principalmente en el género de aventuras, la ciencia ficción; el policiaco de misterio, de la mano de Agatha Cristie y, en menor grado, en el género romántico de la mano de Corín Tellado y novelas como Mujercitas y otras.

Me vine interesando en distinguir los géneros narrativos hace muy pocos años. Tampoco tengo interés en saber en qué género se considera que encajan mis novelas, si acaso se pueden clasificar estrictamente dentro de uno. No me resulta necesario. Yo solamente escribo.

El estilo sencillo ante la mezcla de otros estilos narrativos.

A continuación, para no trabajar demasiado sin necesidad, que ya bastante lo estoy haciendo, voy a utilizar trozos de las novelas que ya usé en mi artículo anterior del 18 de enero titulado: «Cómo puedes aprender narrativa». Al finalizar el mismo fue que noté que quedaba un poco inconcluso si no se añadía esto, que fue lo que me llevó a escribir el presente artículo. Mantengo las mismas numeraciones, a fin de que sirvan como referencia.

En esta ocasión, sin embargo, destacaré en color rojo todo aquello que, a juicio de bastantes personas, podría ser eliminado perfectamente por superfluo, por no aportarle nada a la trama de la novela. A estos, yo quiero recordarte que una cosa es la novela y otra es aportarle algo más al lector, de manera de que termine su lectura sabiendo más de lo que sabía antes con respecto a algunos temas y tópicos. Se pueden conjugar ambas.

3- Descripción narrativa de unas calles de ciudad durante la noche.

En un fresco amanecer antes del alba, la hermana Sabina caminaba por la ciudad. Regresaba al convento después de haber pasado la noche en el hogar de una solitaria anciana enferma que conocía, asistiéndola y sirviendo de compañía y consuelo.
La luna, con su redonda cara picada de viruela y regodeándose en la apoteosis de su propio plenilunio, hacía varias horas que había pasado el cenit e iba a media altura en el lento descenso del poniente. Su brillo daba una hermosa apariencia traslúcida y blanquecina a unas cuantas nubes, e iluminaba todo con su fría y difusa luz de neón.
Se trataba de un instante que a Sabina le agradaba de manera muy particular. Se presentaba justo antes de la alborada, único, pero repetible; mágico y místico a la vez. Ella lo consideraba el momento crucial por excelencia. Le traía fuertes reminiscencias muy, muy lejanas, de cabalgatas al amanecer en briosos caballos blancos y negros, entre dulces risas y montañas de amor. Era ese momento en que las luces del sol, aún invisibles más allá de la curvatura del horizonte oriental, dejaban entrever su influencia sobre las capas atmosféricas más bajas, que comenzaban a cambiar su negro tinte nocturno por el añil y el celeste; era el momento en que las criaturas de la noche y las del día podían verse cara a cara por un fugaz instante.
Eran el inicio en la transición de la noche al día, en la silenciosa y eterna pugna de la luz contra las sombras, que no querían ceder ni un palmo del espacio conquistado por tantas preciadas horas. Pero una vez más, como cada nuevo día, la derrota estaba cercana y la oscuridad retrocedía hacia occidente. Se refugiaba apresurada, al igual que el hombre vampiro escapa hacia las oquedades tenebrosas de oscuras y profundas catacumbas, o se encierra dentro del féretro para no terminar su existencia, también eterna, mas no inmortal, consumido en llamas al contacto con los refulgentes rayos del mitológico dios Apolo o Ra.
Había llegado el ineludible momento en que oscuridad y luz, fin y principio, se tocan y confunden. El observador hábil en el conocimiento iniciático podía lograr alcanzar un breve y glorioso éxtasis, como atisbo fulgurante de la misma Eternidad.
Era la hora del cierre de cajas y cuadrar las cuentas en bares y cantinas de trasnocho, discotecas, bingos y clubes nocturnos. La hora en que los borrachos, las busconas, travestis y otros especímenes humanos similares tratan de llegar a sus casas sin ser vistos por la vecindad; la hora crucial del alto de las prensas y rotativos, finalizado ya el tiraje diario de los medios de comunicación impresos.
Era aquella hora en que el hombre lobo recupera su condición humana sumiéndose en la misericordiosa amnesia que, por otras doce horas, lo apartará de sus sangrientos actos primitivos, realizados bajo el dominio de la poderosa e imperativa fuerza metamórfica de su licantropía, desatada por influencia de la misteriosa luz selenita.
Era la hora en que los desvelados agradecen el fin de su larga y cruel tortura; hora en que millares de murciélagos, guácharos y demás fauna nocturna voladora regresan a sus cuevas y escondrijos, ya saciado el apetito para todo un día.
Era la hora del cálculo astronómico para los primeros oficiales a bordo de buques en navegación de ultramar, con objeto de realizar la determinación preliminar de las estrellas más favorables para la observación matutina. Acto imprescindible, a fin de obtener con los sextantes las rectas de altura que les permitirán calcular una posición confiable; antes de que los celestes puntos luminosos desaparezcan opacados por la luz del astro diurno al orto.
Aquella era la hora del tonificar físico para los ancianos de ligero sueño, los amantes del trote en calles y parques; la hora del Tai Chi, del Yoga, la danza y los aeróbicos matutinos; la hora de gracias en los rezos y cantos de los monjes a laudes matutini.
Aquella era la hora de los mil trinos de pájaros llamando a su especie y demarcando el territorio. La hora de los pescadores que regresan al puerto tras la faena nocturna; de los lecheros, panaderos y repartidores de la prensa del día; hora de las furgonetas supliendo provisiones en mercados itinerantes y municipales, siempre primeros en abrir puertas a compradores madrugadores que buscan los productos de mayor calidad y frescura.
Era la hora mágica en que se perfeccionaba el canto del gallo anunciando a la aurora. Muy pocos vehículos circulaban por las calles; peatones, aún menos.

El callejeo nocturno.

La hermana Sabina, en el ejercicio de la meditación en movimiento, caminaba en la apacible compañía de sus pensamientos y la contemplación del entorno. Se concentraba en la cadencia de los pasos, el sonido de su lenta respiración, los acompasados latidos del sosegado corazón, y el fluir de la sangre llevando el vivificante oxígeno a todas las células. Y todavía le podía prestar atención a la irregular textura del suelo bajo sus pies; a la brisa que, en suaves ráfagas de desigual fuerza, acariciaba sus mejillas con fríos dedos; al sonido de las hojas y a los mil y un murmullos de la ciudad por la noche.
Se detuvo cerca de la plaza Mayor, desde la cual partían, en todas las direcciones, las viejas callejas medievales. Sintió el impulso de variar su camino habitual. Como no tenía prisa, sin parar mentes en consideraciones sobre conveniencias, repitió la frase aprendida de la hermana Teresa: «Veamos qué cosas suceden hoy».

Aunque fuese algo más largo el trayecto, ella aceptó dejarse llevar por lo insondable. Sus pasos tomaron camino por una de las callejuelas de ensueño, que atravesaban el casco viejo de la ciudad zigzagueando en dirección hacia los arrabales, o adonde quisieran llevarla.
No la atraían las asfaltadas y rectas avenidas proyectadas con tiralíneas por los urbanistas modernos. A ella le encantaba el aire antiguo de los viejos edificios, y la estrechez de las antiguas calles de piedra o adoquines. Seguirlas era ir al desenfado de sus trazados sinuosos, irregulares y caprichosos, de codos y recodos, vueltas y revueltas; algunas de ellas bautizadas con nombres significativos y pintorescos. Cada curva ocultaba el final y mantenía viva la curiosidad por saber lo que vendría más adelante.
Le agradaban en aquellas horas con la mortecina iluminación de las antiquísimas farolas, en las que tan solo parecía que se hubieran sustituido las arcaicas velas por bombillas modernas. Porque a medida que el peatón ávido de descubrimientos avanzaba, producía juegos de sombras chinescas sobre las paredes y el suelo húmedo por la niebla nocturna; alterando el sentido de percepción de las distancias. La longitud y anchura de las callejuelas, y las alturas de las construcciones que las delineaban, cambiaban con la noche. Las calles parecían distintas cada vez.
Un buen número de ellas finalizaban en alguna más amplia; otras eran apenas unos callejones de conexión, tan estrechos que se podría tocar de lado a lado sin necesidad de estirar por completo los brazos en cruz. Permitían el paso de dos personas hombro con hombro o de un jinete a lomos de cabalgadura; siempre que no fuese sobre un regio caballo Percherón o un bretón Shire. Y no faltaba la calleja que desembocaba en alguna soñolienta plazoleta sin salida, rodeada de viviendas con balcones y paredes engalanadas con multitud de tiestos, que lucían las flores de temporada.
El ancho de la calle por la que transitaba en aquel momento, en su afán andariego, podría permitir la circulación de un automóvil pequeño, aunque para ello los caminantes tendrían que achaflanarse a las paredes, como estampillas de correos en un sobre.
En aquel trecho, las plantas bajas de los edificios estaban destinadas a locales comerciales. Los anuncios exteriores indicaban el nombre de la tienda, su índole y antigüedad.
Aquí, una cuchillería fundada en la segunda mitad del 1600, en la que podía encontrarse cualquier tipo de navajas y tijeras que se fabricaran para los usos ordinarios del hombre. A continuación, una tienda de artículos de caza y pesca abierta en el 1710; en frente, una de filatelia y numismática perteneciente a la misma familia por varias generaciones.

Luego seguía una reconocida librería de principios del 1800, solo para coleccionistas y eruditos. Sus estantes, muy probablemente, estarían surtidos de libros aún más viejos que el propio edificio, donde no sería extraño poder encontrar primeras ediciones y algún que otro apetecido manuscrito o renombrado incunable.
Precisamente cuando sus sordos y mudos pasos la llevaban por una de esas vueltas, entretenida como estaba en la simple contemplación de aquel mágico mundo del reino de la fantasía nocturna, Sabina escuchó una melodía entonada por algún instrumento de viento que le sonó a flauta. Alguien había decidido practicar su arte a esa apacible hora.
Ella volteó la cabeza hacia un lado y otro. Sin embargo, no logró determinar la dirección de donde provenía. El sonido corría a lo largo de las callejas y resonaba por las paredes, como si saliera de todas partes. Por más que ella caminaba la oía siempre con la misma apagada y lejana intensidad, razón por la que no sabía si se estaba acercando o alejando de quien tocaba.
Poco después y casi de sopetón, desembocó en una pequeña y agradable plaza a la que llamaban la Corrada de la Fuente del Deseo Cumplido. Estaba rodeada de edificaciones residenciales compuestas de un bajo y tres plantas, cuyas fachadas daban la exacta cuadratura de aquel espacio.
La plazoleta así definida estaba rodeada por bancos de hierro forjado y madera colocados en forma circular. En el centro había una vieja fuente. Originalmente fue de piedra y hierro, pero recibió algunos cambios y añadidos en bronce durante su rehabilitación en la posguerra. Vertía sus frescas aguas potables hacia los cuatro puntos cardinales, para satisfacer la sed de los caminantes. De esa fuente, la tradición popular de lo milagrero decía que todo aquel que hubiera visto cumplido algún deseo, habría de beber de sus frías y cristalinas aguas en agradecimiento, si acaso quería asegurarse de que lo concedido fuera permanente.
Agachado a los pies de la fontana se encontraba alguien, que parecía ser quien tocaba el instrumento origen de aquella música. La iluminación lo alcanzaba apenas lo suficiente para poder apreciarse que vestía de blanco.
A las primeras de cambio, a Sabina le pareció uno de esos músicos callejeros que se acomodan en cualquier lugar concurrido, esperando que los transeúntes le regalasen algunas monedas en pago por su interpretación. Pero recapacitó en el hecho de que era demasiado temprano para ello.
Algo más curiosa ahora, como tenía que atravesar justo por el medio de la plazoleta, a medida que se acercaba al músico y la luz de las farolas ayudaba a la luna en su iluminar, Sabina pudo detallarlo algo mejor. El cabello parecía de un color claro tirando a rubio, en una melena hasta la altura de los hombros. Pero no se podía definir todavía si era hombre o mujer, pues la sombra que proyectaba su cabeza gacha, y la flauta de Pan que tocaba, ocultaban por completo su cara.
[…]
Este fragmento de narrativa tiene ya un contenido de tono más bucólico y poético.
Es de la novela La comunión de los ángeles. Capítulo 19 «La hora misteriosa y mágica», págs. 483 a 489. Volumen III de la «Tetralogía Almas Gemelas».

3,1- Otra descripción a pie de calle.

Esta ofrece una buena comparativa con la anterior por lo distintas.

Con las manos metidas dentro de los bolsillos del pantalón, el hombre caminaba con indolente lentitud por la acera. Miraba los escaparates sin fijarse mucho, con la indiferencia de quien lo hace todos los días. Se detuvo ante una tienda de artículos deportivos y pareció detallar los que estaban en exposición. No obstante su aparente concentración en aquel examen, sus ojos fríos no miraban hacia adentro. Utilizaba la vidriera como espejo para atisbar a sus espaldas, intentando notar si alguien lo miraba o seguía. Continuó por la acera, como cualquier vecino que diera su aburrido y habitual paseo diario por el barrio. Sin embargo, él aprovechaba cualquier circunstancia para mirar por el rabillo del ojo hacia atrás y a los lados, sin apenas girar la cabeza.

Hizo alto frente a una venta de motocicletas. Se tomó un largo tiempo en admirar algunos de los modelos expuestos, meneando la cabeza como si diera su aprobación en unos y sintiera dudas con respecto a otros. Sacó una libreta y un bolígrafo y escribió algo. Luego guardó todo en el mismo bolsillo de la chaqueta y volvió a reanudar sus pasos, sin ninguna prisa.

Se detuvo junto a un vehículo estacionado y le observó las ruedas. Echó un vistazo al cielo, como evaluando el tiempo. Sacó un peine y aprovechó los cristales para peinarse. Pero sus ojos fríos solo estaban concentrados en observar con discreción los alrededores, los transeúntes y, sobre todo, verificar que en ninguno de los vehículos aparcados hubiera alguien sentado tras el volante esperando… o vigilante.
Guardó el peine y, con calma, buscó algo en los bolsillos del pantalón. Sacó unas llaves y bajó de la acera para rodear el auto por el lado del conductor. A pesar de tratarse de una calle de un solo sentido miró hacia ambos lados, para asegurarse de que no venían vehículos en ninguna dirección. Con las llaves en la mano pareció tener la intención de abrir la puerta, pero pasó de largo y siguió hacia un pequeño Seat Ibiza de dos puertas, color gris plomo, que estaba más delante. Abrió la puerta del conductor y entró, cerró, bajó los seguros, y encendió el motor. Se colocó el cinturón de seguridad y ocupó unos momentos en ajustar el espejo retrovisor interior, luego los exteriores de los costados. Mientras lo hacía observaba los alrededores y comprobaba, por enésima vez, que nadie le había prestado atención. El auto salió despacio y se alejó por la calle.

Es también de la novela La comunión de los ángeles. Capítulo 11 «Esas cosas del tiempo», págs. 256,258. Volumen III de la «Tetralogía Almas Gemelas». Te puedo asegurar de que los minimalistas podrán encontrar más que quitar que lo que yo he marcado.

4- Narrativa de un ambiente selvático, una aldea pemón y unos jaguares.

La mujer rondaba los cincuenta años y vestía nada más que un pequeño guayuco de color rojo. Su mano derecha agarraba la gran esmeralda bruta que llevaba al cuello, y su actitud denotaba la fuerte emoción que estaba sintiendo, que manifestó en sus palabras:
—Esta noche la madre selva nos envía a su espíritu hecho amor, hijos míos. Ya se acerca, viene hacia nosotros.
Un hombre con una pierna entablillada estaba echado en su chichorro. Los otros once ocupantes de la churuata, entre adultos y niños, se agrupaban alrededor de la hoguera en actitud expectante.
En el medio de un claro abierto en la vastedad de la selva, cerca de un arroyo caudaloso, se asentaban las seis viviendas de forma circular del pequeño poblado pemón, de la etnia arekuna. Tenían techos cónicos de aguda pendiente, que estaban cubiertos con hojas de palma de moriche.

Los pobladores, ya guarecidos, se preparaban para dormir, con toda placidez, metidos en sus colgantes chinchorros hechos también con cordones de moriche. En el centro de cada vivienda, la hoguera se mantenía con abundante rescoldo y suaves llamas. Ahuyentaba un poco la frialdad de la noche, y alumbraba el interior todo lo que ellos requerían. El bahareque con que estaban hechas las paredes desprendía el característico olor, entre acre y tierra polvorienta. Era lo primero que todo forastero percibía, con cierto desagrado, cuando entraba en una churuata; pero que los pemón ni lo notaban.
Tan solo en aquella otra vivienda, de las seis, sus ocupantes esperaban la inminente llegada del espíritu de la selva, que sus vecinos desconocían. Sin embargo, no por esperado dejaba de causarles cierta inquietud y aprensión; excepto a la mujer de la esmeralda, que volvió a repetir:
—Ya se acerca, puedo sentirlo. El luminoso espíritu de la selva viene hacia nosotros. Está muy cerca.
Por encima del canto de las chicharras se escucho el fuerte rugido.
Toda la selva calló.
Se volvió a escuchar otra vez, poderoso. Se repitió de nuevo y otra vez más.
Para cualquier persona de la ciudad no era más que el rugido de un gran felino. En cambio, para los finos oídos de los indígenas pemón, nacidos y criados en la selva, fueron cuatro rugidos distintos. Provenían de cuatro yaguares machos que se encontraban bastante cerca. ¿Acaso andarían disputándose el territorio?
Los pemón quedaron pendientes.
Unos minutos después volvió a escucharse otro rugido, que fue respondido por tres más. Esta vez sonaban más cerca.

La mujer sonreía sujetando la esmeralda. Los otros ocupantes de la vivienda, al contrario que ella, mostraban signos de intranquilidad. Una joven, que aún no tenía veinte años, vestida también con su breve guayuco rojo al igual que las demás muchachas, le preguntó:
—¿Es ella, amäy?
—Es ella, Urami, es ella. Al fin la tenemos aquí.
En las demás viviendas, los hombres, ya intranquilos, se levantaron de sus chinchorros. Lanza en mano unos y con sus grandes arcos y largas flechas otros, fueron saliendo al centro del poblado, que estaba a unos sesenta metros del negro borde formado por la enmarañada selva. Aguzaron la vista, pero poco era lo que se podía ver.
Era noche de luna llena, que había salido con un par de horas de retraso y se encontraba a un tercio de su recorrido ascendente. Asomada apenas por encima de las copas de los árboles, de la selva venezolana lindante con Brasil y la Guayana, todavía iluminaba poco dentro de los claros abiertos entre la espesura.
En algunas zonas, hacia los tepuyes y cerros, la neblina flotaba inmóvil sobre la selva cual una gruesa sábana de algodones y lo enfriaba y mojaba todo. Creaba aquel peculiar olor a musgo, a moho, a fronda; a madera y hojas, a humus, a lombrices y tierra húmeda: a selva virgen.
De nuevo se escucho el rugido de un yaguar, luego un segundo. Poco después el tercero y el cuarto. Fueron más cerca que antes. Ya no cabía ninguna duda: eran cuatro machos y se estaban acercando.

Los hombres se consultaron, extrañados por aquel hecho. En muchos años no habían sabido de ningún yaguar en aquellos territorios, ahora escuchaban a cuatro. Pero ya no fue solo el sonido. Algo más atrajo la atención de ellos, para quienes la selva no tenía secretos, pero sí muchos misterios, espíritus y magia.

Por entre los apretados árboles se vislumbró una difusa luz blanca, similar a la que producía la luna que estaba más atrás. La observaron durante un buen rato hasta que estuvieron seguros. Los destellos de la luz, unas veces al quedar cubierta por los árboles y otras veces al pasar entre ellos, indicaban claramente que se movía y que venía acercándose en dirección hacia el poblado.
¿Quiénes podían estar tan locos como para caminar de noche en la selva? Tenían que ser hombres blancos, algunos tontos excursionista venidos de la ciudad y que estarían perdidos. Serían de los tantos que les gustaba visitar aquellos lugares, subir al Roraima y los tepuyes y dárselas de exploradores. Porque tan solo a ellos se les podría ocurrir tal locura nocturna, y solo ellos usaban lámparas que pudieran dar una luz como aquella. Fueran quienes fueran, caminando de noche en la intrincada selva lo raro era que ya no estuvieran muertos.
El fuerte rugido de un yaguar macho adulto se volvió a escuchar seguido de otro; los dos por el centro. Un tercer rugido surgió un poco más a la izquierda. El cuarto respondió viniendo de la derecha. Parecían estarse comunicando entre ellos.
Definitivamente, cuatro yaguares machos se acercaban desde distintos puntos cercanos. En felinos solitarios, que no cazan ni trabajan en grupo, eso era más extraño todavía que su propia presencia. Pero aquellos cuatro estaban coordinando sus movimientos.
[…]
Era algo que tan solo los agudos ojos de los pemón podían captar con suficiente claridad.
Podrían haber pasado desapercibidos para cualquiera, menos para los pemón.
Cualquiera pudo haberlos confundido con luciérnagas, cualquiera, menos los pemón.
Ellos sabían perfectamente de qué se trataba: eran los ojos de tres felinos que observaban recelosos.
Tras del par que estaba en el centro fue emergiendo el blanquecino resplandor que venía alumbrando.
No fue un grupo de personas lo que salió.
La luz llegó al borde de la espesura.
No se detuvo y siguió avanzando por el claro hacia el poblado, cual si flotara sobre el suelo.
Fue mayúsculo el asombro de las temerosas mujeres desnudas, que miraban desde las puertas de las churuatas. Mucho más el de aquellos treinta y cinco o cuarenta hombres, cuya única vestimenta era también el tradicional guayuco de color rojo. Otros, los más jóvenes y algunos ancianos, no llevaban nada. Todos eran fieles creyentes de espíritus y personajes sobrenaturales y maravillosos que pueblan las selvas, ríos, tepuyes y sabanas.
Del mismo color de la luz de la luna, aquella esfera luminosa alcanzaba fácilmente los cuatro metros de diámetro e iluminaba otros tantos alrededor. En el centro de ella iba una niña.
—¡Manón kapüy! ¡Manón kapüy! —gritaron agitados algunos hombres.
No era para menos el sobresalto que tenían.
Bien podría haberse dicho que aquella criatura era la misma luna, si no fuera porque el astro nocturno estaba visible en el cielo. Acaso ella fuera una hija de la luna o su propio espíritu enviado a la tierra.
Si aquella sola visión no hubiera sido suficiente para asombrarlos y sobrecogerlos hasta la médula, como ya estaban, al lado de la niña venía un yaguar verdaderamente enorme, una pantera tan blanca como aquella luz. El albinismo, condición que se presentaba en muy contadas ocasiones en esa especie, lo hacía un felino extraordinariamente raro y difícil de encontrar, razón por la que se le atribuían cualidades misteriosas y mágicas.
[…]
De mi novela Amanón, el espíritu de la selva. Capítulo 1 «Una selva, cuatro yaguares y una niña». Volumen IV de la «Tetralogía Almas Gemelas».

¿De verdad que sobra? ¿Estás seguro?

Que hay novelas que tienen situaciones que más parece que son rellenos forzados, es algo que no intentaré negar, tanto porque me he encontrado con alguna como porque, desde que me dediqué por completo a ser escritor y publicar, es muy poco el tiempo que me ha quedado para leer a otros. No obstante, hay que ir con mucho tiento sobre el momento en que decides juzgar eso. Porque tan solo cuando termines la obra podrás determinar con justicia si aquello sobraba o no. Te pongo un ejemplo:

En una novela romántica sobre una pareja de pianistas, los dos llegan en helicóptero privado. En el lugar hay diversos aviones jets, otros acrobáticos y un par de viejos aviones cazas P51 Mustang y otros dos Spitfire de la Segunda Guerra Mundial, perfectamente operativos. Preguntan por ellos y les dan toda una larga explicación técnica sobre ambos modelos y sus características, velocidades, los motores que montan, el tipo de armamento que llevaban y el calibre de la munición. Les detallan las técnicas de ataque en picado a blancos en tierra y la convergencia y divergencia de las ráfagas, entre otros datos más. Todo ello se lleva un par de capítulos. Luego la novela continúa con la vida de músicos y el romance de ambos. De primera terminarás pensando que todo aquello sobraba. Dos capítulos inútiles que no le aportan nada a la trama. Y ahí yo te daría la razón.

Sin embargo, es solo una mala apariencia de inutilidad superflua. Porque treinta capítulos después o quizás al final del último tomo de esa novela en dos o tres partes, esos cuatro cazas tienen una participación determinante en la persecución del grupo terrorista que secuestra a uno de los pianistas y escapa por el desierto, y el ataque que los aviones hacen para evitar que crucen la frontera y para intentar liberarlos.

Aquellos datos informativos que el autor dio en aquel momento tan temprano, en que te parecieron fuera de lugar y sobrantes debido a que se encontraban desconexos —que, en realidad, lo que estaban era iniciando un nuevo hilo narrativo y de acción dentro de la trama, cuya continuidad y desenlace sería muy posterior porque formaban parte de otro. Es en ese momento cuando te darás cuenta de que, toda aquella explicación técnica previa, se justifican plenamente para poder entender la situación presente, el enfrentamiento armado entre los cuatro cazas y los vehículos artillados de los secuestradores y, además, todo el riesgo que implicaba para aquellos pilotos que no eran militares.
Que tú como lector consideres que sobraban o no sobraban dos capítulos de información técnica sobre unos aviones en una novela que no es bélica, sino romántica básicamente, es un asunto de apreciación personal, me parece a mí. Lo que sí te puedo asegurar es que el lector interesado salió enriquecido con todo aquello, sabiendo más sobre esos temas que cuando comenzó la novela, y quizás interesado en ellos.

Por si te resulta útil, he conocido a personas que tienen tal deformación cultural sobre lo que debe de ser una novela romántica, que piensan que está fuera de contexto todo lo que no sea la relación alrededor de la pareja y sus líos. ¿Por qué se asume que siempre tiene que haber conflictos y líos?

Te sugeriría que no hicieses como esas personas que se creen pseudocríticas literarias y que, cuando llevan leídas ochenta o cien paginas de una novela de seiscientas, se despepitan en las redes sociales a destrozarla, tanto por lo que llevan leído como por lo que ellas asumen, suponen o creen que sucederá. Tan solo por presumir de conocimientos y de erudición literaria. Solamente para, al final, luego de haberla leído completa, darse cuenta de que hicieron el ridículo.

En lo que respecta a un estilo literario, yo no sé aún cuál es el mío. En todo caso, prefiero esa mezcla personal del estilo sencillo, el estilo nítido y el estilo elegante. En algunas obras habrá más predominio de uno que de los otros. Y no desdeño salpicar mi narrativa con los condimentos de algunos otros estilos como el florido o poético. Porque, como dice Néstor Belda en su artículo que enlazado al final:

Una narración desprovista de matices poéticos, retóricos o enfáticos, debilitaría su fuerza expresiva. Un recurso poético puede potenciar la intensidad de una escena, y su abuso puede convertirlo en un texto pasteloso. Todo es cuestión de encontrar el equilibrio.

!Encontrar el equilibrio!
De eso se trata todo el asunto en literatura. Porque una narrativa escrita por completo en un estilo florido salpicado abundantemente con el estilo sublime, el magnífico y el pomposo y me parece a mí que no logrará tragarlo ni el santo más paciente y condescendiente.

Amigo lector, espero que este trabajo y el esfuerzo que vuelco en él sirva para ayudarte algo a decidir qué tipo de estilo va mejor contigo, cuál es el que prefieres desarrollar o cómo mezclarlos cuando cabe. Aunque mi consejo, si cabe, es: escribe como lo sientas. Pero si te das cuenta de que estás intentando escribir novelas como si redactaras manuales técnicos o informes científicos, entonces lee algunas de narradores veteranos que usan los otros estilos. Solo de esa manera te darás cuenta de la diferencia.

Más escenas de cafetería.

Ahora, si has logrado sobrevivir hasta aquí, te voy a atiborrar con todo un capítulo de once páginas de una novela, en la que hay otra de esas escenas de cafetería. No la coloqué arriba donde las otras del primer punto para no prologar eso demasiado. Aquí abajo puedes decidir si te interesa leerlo o si, simplemente, le das a ir al final para ver los enlaces que recomiendo.

Las escenas seleccionadas pertenecen también a mi última novela Toda una vida sin ti, Tomo I, «La traductora de árabe». Capítulo 16. «Conociendo los gustos». En ella, debido al lugar de que se trata, un buque, hay gran cantidad de escenas de cafetería, de restaurante y de bar.

Tal como ya el subtítulo del capítulo nos lo anuncia, a través de estas escenas los personajes de Adolfo y de Selene, que esta vez intentan llevar su renaciente y tortuoso romance a buen término, luego de haberse roto malamente varios años atrás, se van conociendo un poco más en sus gustos. Lo que permite al lector ir conociendo también más a ambos personajes, al mismo ritmo que ellos mismos lo hacen. Considero que es un ejemplo, bastante aceptable, de lo que es mantener en el lector tanto la conversación de los actores como el recuerdo constante y no intrusivo del lugar en el que se encuentran, y de lo que están haciendo.

Aquí no voy a destacar en rojo lo que yo pienso que los afectos al estilo sobrio y minimalista considerarían innecesario. Decídelo tú. Te lo dejo como ejercicio.

Para ubicarte en la trama, los dos se encuentran para el desayuno en el inmenso restaurante Copacabana, que es el self-service del enorme buque de crucero Regina Maris, en el que el día anterior embarcaron para un viaje de 32 días por el Mediterráneo.
Vamos allá.

Conociendo los gustos.

Bandeja en mano, pausadamente recorrieron los mostradores del enorme comedor, comentando y sirviéndose de aquí y de allá. Era temprano y, sin embargo, ya había bastantes pasajeros desayunando. Unos solían ser los madrugadores, aunque la mayoría eran los que querían estar listos de primeros para bajar en cuanto llegaran a puerto o que iban en las excursiones.
Los dos se sentaron en una mesa redonda situada en la parte de popa del restaurante. Selene no le había prestado atención a lo que Adolfo se había servido, y cuando él puso la bandeja sobre la mesa exclamó:
—¡Cielos! ¡Eso es mucho más que un Full Irish Breakfast!
—No es tanto. Al revoltillo de huevos es una lástima que no le pongan cebolla y tomate, que es como queda más jugoso y me gusta. Tengo estas tres salchichas alemanas que me encantan; tocineta bien frita, aunque no churruscada; morcilla negra y esta otra blanca, un revuelto de setas y espárragos trigueros con cebolla, acelgas y ajo; alubias rojas estofadas, dos tipos de pan, un muffin de arándanos y otro de pasas. Este tazón de avena es de entrada. Tiene la consistencia que a mí me gusta, y la endulzaré un poco con esta miel porque está insípida. Me faltan nada más que algún zumo de fruta y un gran café con leche.
—¿Y te parece poco? La cantidad de revoltillo es como de tres huevos y con toda esa tocineta, las salchichas y morcilla revienta un oso —dijo Selene.
—Pues tú no es que te estás yendo por un tazón de hojuelas de maíz, un yogurt, dos fresas y un kiwi —le dijo él.
Selene soltó una risilla y dijo:
—No, es cierto. Puesta a comparar, como que estamos bastante igualados. Yo elegí tres huevos duros, y si no fuera por que me faltan las judías y las morcillas sería también un desayuno similar al tuyo. En lugar de la avena agarré un plato de atol de gofio canario caliente, que me sorprendió encontrarlo, y veo que del resto nos servimos lo mismo, aunque en distintas cantidades. Yo tengo nada más que un muffin de arándanos.
—¿Esto son judías o son alubias? —preguntó él.
—¡Ay! Alubias, habas, habichuelas, frijoles, porotos… Judías y listo, eso abarca todas las variedades; los matices se los dejo a los escritores y a los chefs.
—Me parece que en comida tenemos los gustos bastante similares —dijo él.
—Eso me está pareciendo también.
—¿Quieres algún jugo?
—Sí, de piña, que ya vi que lo hay —dijo ella.
—¿Y el café con leche cómo lo quieres?
—Hoy que sea bien cargado y caliente. Azúcar morena.
—Vale, voy a buscarlo.
Adolfo se fue hasta una estación de bebidas cercana, y Selene no dejaba de mirar la bandeja con todo aquello que él se había servido. Sonrió y dijo:
—Ahora ya sé quién fue el amigo con el que Adriana se acostumbró a desayunar tan fuerte y con tal gusto, condenada.
No bien pronunció el nombre de ella, en su mente resonaron algunas de sus palabras:

Olvídate de mí por completo, que yo estoy bien. Adolfo es un hombre libre, no es mío.
Si Adolfo no va a estar en mis brazos, hay solo otros brazos de mujer en los que yo quisiera saber que está: los tuyos.

«¿Ella me quiso acostumbrar a mí para esto?».
No tuvo tiempo para detenerse a pensar en aquella idea, porque Adolfo regresó con una bandeja en la que traía dos jarras de humeante café con leche, otras con los jugos y vasos con agua. Se sentó y dijo:
—Ahora sí, a comer antes de que esta delicia se enfríe.
Ella preguntó:
—¿Ese otro tipo de pan que tienes es focaccia?
—Sí, me encanta. Me envicié en Italia con ella.
—A mí también. No lo vi y luce rica.
—Pues estaba en una cesta donde los demás panes. Tengo dos trozos, toma uno para que lo pruebes.
—Gracias. —Lo mordió y dijo—. ¡Hum! Está muy esponjosa y algo aceitosilla: perfecta y exquisita. Qué sabor tan rico. ¿Dónde aprendiste a comer el desayuno irlandés?
—Yo ya desayunaba fuerte, al estilo de pueblo. Me gustan el desayuno americano y el inglés porque puedes conseguirlos en muchos restaurantes y cafeterías; además, me encantan las panquecas. Aunque estas combinaciones las aprendí en Irlanda.
—¿Viviste allí?
—Tanto como vivir no. Estuve durante veinte días. Fue un verano en que me fui mes y medio a conocer Irlanda, el norte de Inglaterra y Escocia.
—¿Tú solo?
—Sí.
—Yo estuve por allí mismo.
—¿Sola?
Ella echaba un par de sobres de azúcar morena en su gran tazón de café y respondió:
—En ese viaje sí. ¿Has ido también a Noruega?
—No. Tan al norte no he llegado —dijo él.
—¿En Irlanda con qué acompañabas el desayuno? Yo lo hacía con té porque el café era horrible.
—Yo no sé qué clase de café utilizan allí que sabe tan mal. ¿Qué tipo es el que usas tú en casa? —preguntó Adolfo.
—Las mezclas de 70% de tueste natural y 30% torrefacto o de 80-20, según consiga. No me importa mucho el origen ni si es 100% de clase arábica o también tiene robusta. ¿Y tú?
—Yo utilizo café en grano 100% arábica de tueste natural y sin aditivos. Se considera el ideal. No soy muy exigente en cuanto al origen. Lo que sí no quiero es que sea torrefacto, al menos como en España lo entienden. Lamentablemente, este es el que nos pondrán en todas las cafeterías en España, Portugal y buena parte de Francia. Creo que también en Argentina.
—Este jugo de piña está bastante bueno. ¿Por qué no quieres el torrefacto? —preguntó Selene.
—Porque para el proceso de torrefacción, a los granos de café les agregan azúcar o algún jarabe dulce, en proporciones hasta del 15% o más. Luego los someten a temperaturas que pueden llegar a los 270 ºC, dependiendo de las cualidades que se deseen obtener. Eso aumenta el volumen del grano, lo deshidrata y disminuye su peso; pero la adición del azúcar repercute hasta en un 20% más de peso final, que beneficia a los industriales.
—¡Ah, qué bien! Nos venden azúcar quemada a precios de café —dijo ella.
—Ya ves qué negocio tan bueno tienen montado. Hoy en día, la torrefacción con azúcar es absolutamente innecesaria para el propósito original que tuvo hace décadas, que era el de proteger al grano de café, ya que se pone rancio con rapidez si no está bien envasado al vacío.
—Pero es lucrativo para quienes lo procesan. ¿No es así?
—Eso parece. La caramelización del azúcar en la torrefacción es lo que le da ese color negro y brillante al grano, y ese sabor recio y con mayor amargura todavía. Los industriales españoles alegan que es el sabor que nos gusta por estas partes del mundo, y que muchos adoran en sus expresos, supuestamente. No son más que tonterías que no aguantan un análisis. El consumidor se acostumbra a lo que le dan. Si eliminaran el café torrefacto nos pasaríamos al otro y nos acostumbraríamos pronto.
—Sí, eso es cierto —dijo ella.
—El caso es que esas elevadas temperaturas hacen que el grano pierda su calidad, en pro de obtener un supuesto aroma más intenso que casi nadie nota. ¿Alguna vez entraste en una cafetería y sentiste aroma a café? Yo no. Además, con el añadido del azúcar caramelizado al negro opacan por completo el verdadero y complejo sabor del café, que es propio de cada variedad y zona de cultivo. Eso también permite que te metan granos de muy baja calidad, que serán casi imposibles de notar. En un grano de café muy torrefacto con caramelizado, ningún especialista logrará saber si es arábica, robusta o excrementos de cabra.
Selene se rio y dijo:
—Tienes cada cosa.
—Es que ese proceso nos impide disfrutar de las peculiaridades que tiene cada café, según su variedad y la zona.
—¿Qué tanto puede variar el sabor de un café?
—Pues se dice que los cafés de Centroamérica, Colombia y Venezuela tienen aroma floral y afrutado; los de Etiopía, una acidez cítrica con matices de bergamota, y que los del Brasil son todo un dulce poema achocolatado como si los hubieran injertado con cacao.
—¿Así es la cosa?
—Tal cual —dijo Adolfo—. Luego de probar esas mezclas naturales, bebe un café torrefacto en España y ya verás que todos son la misma mierda. ¡Hum, estas salchichas alemanas están deliciosas! Como que voy a tener que ir a buscar más.
—Sí, están ricas —corroboró ella.
—Si los industriales y quienes comercializan el café se preocuparan de verdad por los gustos de los consumidores, como alegan, nos dejarían elegir qué café queremos.
—Ya lo hacen: nos venden mezclas distintas —dijo ella.
—Sí, para el hogar. ¿Y en las cafeterías qué? En ellas es donde se consume más café. Uno puede elegir si quiere café expreso o con leche; americano, corto, suave, manchado… Incluso puedes elegir si quieres leche desnatada o de soja. Pero no puedes elegir si quieres café de tueste natural, si lo quieres 100% torrefacto o una proporción de ambos. Tampoco puedes elegir si lo quieres de arábica 100% o mezclas con robusta.
—Es cierto; no tenemos esa elección. Solamente en los sitios de degustación muy especializados.
—Pero sí que puedes entrar en cualquier bar y elegir la marca de cerveza, güisqui, ron, brandy, vodka o tequila que quieres, entre una amplísima variedad. ¿Por qué no te dejan elegir qué mezcla y variedad de café prefieres?
—Fíjate, no había pensado en eso. Ya estamos tan acondicionados de que es así, que no nos damos cuenta. Nos idiotizan.
—En las cafeterías pudieran tener tres o cuatro mezclas. Digamos que una arábica 100% de tostado natural, una mezcla de arábica con robusta natural; otra de torrefacto y otra que podría ser 50-50 de torrefacto con uno de tostado natural. No tendrían ni que ponerle un precio distinto a la taza.
—Tampoco se me había ocurrido. ¿Cómo es que sabes todo eso sobre el café? —preguntó Selene.
—Estuve año y medio por Centroamérica, Colombia y Venezuela. Visité dos pequeñas plantas beneficiadoras de café y presencié el proceso desde la recolección del grano. Me dieron unas charlas que me resultaron muy ilustrativas para una de mis novelas. Probé café de granos de color verdoso y amarillento tostados al sol. También de granos tostados recientes sobre plancha y con un olor como a pan recién horneado. Te aseguro que es absolutamente delicioso. Aquello sí desprendía aroma cuando lo estaban colando por el método de la manga. Oye, ¿y toda esta conversación cafetalera surgió de un desayuno irlandés?
Selene se volvió a reír y dijo:
—Ya lo ves. Contigo nunca sé adónde me va a llevar una conversación. Como antes.
—¿Como antes de qué?
—Cuando conversábamos en la biblioteca.
Los dos se miraron a los ojos durante unos momentos. Él terminó regresando su atención al desayuno y dijo:
—Pues, retomando el punto que nos envió a este periplo cafetalero, por ese pésimo sabor que yo le encontré al café irlandés fue que preferí acompañarme con cerveza.
—¿Cerveza para el desayuno?
—¿Por qué no? Toda Europa sobrevivió a la Edad Media gracias a la cerveza como bebida, porque el agua corriente solía ser insalubre por causa de la contaminación.
—Claro, si no sabían de microbios, bacterias e higiene y todo lo tiraban a los ríos —dijo ella.
—¡Hum! Esta morcilla blanca está muy rica también.
—Yo no suelo comer morcilla porque lleva sangre.
—Entonces prueba esta, toma. Ya verás que de morcilla no tiene nada más que el nombre.
Ella probó y dijo:
—Sí, es cierto, está rica. Ya lo sé para la próxima vez. Es que como dice morcilla…
—No sé por qué le llaman de esa manera si no lleva sangre, por eso es blanca. En realidad no es una morcilla, sino más bien una gruesa salchicha escaldada —explicó él.
—¿De qué la hacen?
—Hasta donde tengo entendido debiera de ser carne magra de cerdo, panceta, huevo y especias. Aunque supongo que de una localidad a otra variará algo, como todo.
—Quitándole el huevo y la panceta es similar a la butifarra.
—Quizás. Yo de cocina sé poco. Como te contaba, viajé por Irlanda haciendo noche en el pueblo que más me gustaba.
—¿Sí? Yo estaba suponiendo que te habías quedado en algún hotel de Dublín, Belfast o alguna ciudad importante y desde allí agarraste excursiones. Te hacía un hombre más bien sedentario y dado a las comodidades y al lujo, y resulta que has estado en selvas suramericanas y en Irlanda ibas de mochilero.
—Pues casi, al igual que en Escocia. En las ciudades pequeñas y en los pueblos es donde puedes sentir el verdadero sabor del país y su gente —dijo él.
—Eso es cierto. ¿En qué viajaste? Como me dijiste que tú no manejas.
—En autobús y en tren. Para cuando me levantaba era más de media mañana, que ya la temperatura estaba mejor. Yo no tenía que madrugar a ordeñar las vacas. —Selene soltó la carcajada—. Es que yo no llevaba ningún afán de pasar más frío del necesario. Me sentaba en una mesa del hotel, hostal o lo que fuera, en lo que más que una cafetería o un restaurante solía ser una taberna de esas de postal típica. Me metía entre pecho y espalda mi suculento desayuno con las variantes locales, acompañado con una pinta de la cerveza Irish Stout más negra o de la Red Ale de grifo más populares de la zona.
—Vamos; la cerveza de la casa —matizó ella.
—Esa misma. Creo que en esto no soy original, porque de las negras me gustaron la Murphy’s y la O’Hara’s. De las otras, la Kilkenny, la que es tan pelirroja como las irlandesas.
—Sí, eso es lo que dicen ellos. Esas fueron las que más me gustaron a mí también.
—Probé cervezas artesanas de pequeños productores locales que me resultaron deliciosas. Con el frío me da más hambre.
—¿Más que ahora? —preguntó ella.
—Para que veas. Los parroquianos solían sonreír al verme comer y beber con tanto gusto, y me hacían señas levantando sus jarras como brindis. No faltó quien me dijera que desayunando ya parecía todo un irlandés.
—No me extraña nada —dijo Selene.
—Descubrí que la mejor manera de romper el hielo con los irlandeses, sobre todo por esos pueblos, es pagándoles una ronda en la taberna. En algunas, al final tuve que ponerme a cantar con ellos, jarra en alto.
—¿De verdad que cantaste?
—Sí, tratando de poner acento irlandés. Tú sabes que en una taberna canta cualquiera y nadie te va a criticar si lo haces mal. Es como los japoneses con el karaoke, que lo importante es participar y no el hecho de tener buena voz.
Selene rio otra vez y dijo:
—Por lo que me estás contando, hubiera sido muy lindo haber hecho ese viaje contigo por Escocia e Irlanda. Estoy segura de que te divertiste más que yo, que no me puse a cantar en las tabernas y no podía confraternizar demasiado. Ya ves, yo no conocía esa alegre faceta tuya de viajero.
—¿Conocías algo de mí?
—Poco, muy poco. Tan solo lo que tú quisiste mostrar, que apenas fue el abrigo, según estoy viendo ahora. ¿Y tú de mí?
La pregunta de Selene pareció algo casual, un simple contrapunto a la pregunta de él; solo que la mirada de ella lo desmintió por completo. Él dijo:
—En aquella biblioteca te conocí casi nada y, a la vez, también más de lo que te imaginas.
—¿Eso no es una contradicción total?
—No para mí —dijo él.
—¿Por qué no?
—Porque yo tampoco conocí casi nada de tu niñez, tu juventud, tus gustos, aficiones y deseos, aunque… Aunque quizás conozca… o intuya a la Selene que tú no sabes que existe o quien quiera que sea esa otra que hay en ti.
Ella se lo quedó mirando. No se esperaba aquello. Él había tocado ese punto clave que a ella la intrigaba cada día más.
[…]
Adolfo le preguntó:
—¿Te ocurre algo?
—¿Qué? ¡Oh, disculpa! Me quedé desconectada; la mente se me fue por otros caminos. Se me terminó la focaccia y me gustó. Voy a buscar más y a traer salchichas. ¿Quieres?
—Sí, por favor.
Selene regresó trayendo un plato con tres trozos de focaccia, otro con un par de aquellas morcillas blancas y más salchichas alemanas. Se sentó y dijo:
—Me gustó esta cosa blanca, toma la que me diste y estas otras salchichas. Chico, me va a resultar un vicio. Mira que me estaba perdiendo de algo tan rico.
—Ya lo ves; siempre se aprende algo.
Terminaron de desayunar y fueron a recorrer las piscinas, el rocódromo y las áreas de deportes y diversión en aquella cubierta. Luego dieron una vuelta por la piscina privada, el solárium y áreas de la Privilege Club Class. En la piscina y tomando el sol había varias mujeres, la mayoría en topless. Selene comentó:
—Salvo lo bella que es la piscina, lo lujosillo y la privacidad para liberarse un poco, no le veo nada de particular.
—¿Te apetece?
Con una media sonrisa de picardía, ella preguntó:
—¿El qué? ¿Tomar el sol en topless? No, para nada; no me apetece quemármelas ni es lo mío broncearme. Aquí están todos muy serios y circunspectos y no hay niños. Parece la hora británica del té. Prefiero la animación que hay en las piscinas y los jacuzzis generales.
—Yo también. Coincidimos en eso. ¿Te fijaste en lo bomba que se lo estaban montando aquellos niños en uno de los jacuzzis? —preguntó Adolfo.
—Claro que me fijé. Ellos son los que más disfrutan de estos cruceros. Si para nosotros resulta una experiencia inolvidable, para los niños lo es mucho más.
—Oye, ¿qué te parece si jugamos al mini golf un rato, para aprovechar que tienes tu faldita deportiva?
—¡Sí, vamos! Se veía muy lindo. ¿El que pierda qué paga?
—¿Qué tal un par de pintas de cerveza negra irlandesa?
—¿Guinness? —preguntó Selene.
—A menos que no tengan Murphy’s. Con eso celebramos.
—¿Qué celebramos, el juego?
—Nuestra no coincidencia en Irlanda —dijo él.
—Me parece muy bien. Será algo así como la celebración de los no cumpleaños de Alicia. ¿Y si hubiéramos coincidido en ese viaje?
—En ese caso sería un barril de cerveza completo.
La risa de Selene voló.
*****

Como habrás podido apreciar, el lector desconocedor de la materia ha tenido la oportunidad de aprender algo sobre café. Tal como en otros capítulos la ha tenido y la tendrá para aprender sobre vinos y sus casorios y sobre cavas, sobre música y ópera y sobre otros temas muy diversos. En eso saldrá enriquecido.

Por otra parte, en esta novela el buque en sí mismo es mucho más que un simple objeto, más que un simple hotel. En la película bélica del 2014 titulada «Fury» en ingles y «Corazones de Acero» en español, del director David Ayer y protagonizada por Brad Pitt, y en la película de 1988 «The beast» o «La bestia de la guerra», del director Kevin Reynolds, el tanque de guerra es un protagonista más, si acaso no el principal. O como en muchas películas de terro, la casona o el castillo embrujado y asesino es el principal protagonista.

De similar manera, el buque en esta novela se convierte en un protagonista relevante, omnipresente y activo al que yo, a través de las acciones y de los personajes, me cuido muy bien de describir en todo momento. Con ello, el lector que jamás ha viajado en un buque de pasajeros, se podrá hacer una buena idea de lo que es la vida en ellos durante un crucero de placer. En eso también saldrá enriquecido llevándose más conocimientos que cuando empezó a leer. Porque hizo bastante más que simplemente leer una novela romántica-musical.

Para finalizar te aclaro la diferencia entre los estilos literarios y los recursos estilísticos. Si los primeros son una diferenciación, los recursos estilísticos son las modificaciones que utilizan los escritores para dar énfasis y expresividad a sus textos, que pueden aplicarse dentro de cualquiera de los estilos literarios.

Ahora te voy a sugerir que, en lo que respecta a los estilos literarios, te leas lo que se dice en estos enlaces, en el mismo orden en que te los coloco.

El primero enumera brevemente todos los estilos literarios, en su clasificación más extendida. Lamentablemente, carece de ejemplos suficientes para ilustrar a cada uno. Es un calco de otros similares en diferentes medios.

El segundo los complementa según el lenguaje sea objetivo o subjetivo.

El tercer enlace es de un blog en el que aportan algo más e incluye otros que no se mencionan en los precedentes, con ejemplos alusivos.

El cuarto… Este es una pequeña joya que no deberías perder la oportunidad de leer de manera muy dedicada, reflexiva y analítica.

En el último enlace explican lo que son los recursos estilísticos.

Si has llegado hasta aquí te lo agradezco.
Si piensas que ha sido un tostón insufrible te admiro por el aguante, aunque deba de concluir que no era para ti.

Como anécdota, te diré que escribir y postear esto me ha ocupado todo un día, más de nueve horas de trabajo. Con sus más de 12.500 palabras me ha llevado más horas que escribir cuatro capítulos de algunas de mis novelas. Es equivalente a una novela corta.

https://valeriamemar.wordpress.com/2016/04/05/estilos-literarios/
http://www.asesorialiterariaav.com/el-estilo-literario/
https://laliteraturaxsiempre.blogspot.com/p/el-estilo-literario.html
https://nestorbelda.com/estilo-literario-evita-estos-cuatro-registros/
http://comoescribirbien.com/estilo-literario/

Céditos: La imagen de portada es por vía del sitio Web Archi Expo, Hans Boodt Mannequins, imagen denominada maniquí-hombre/abstracto.
http://www.archiexpo.es/prod/hans-boodt-mannequins/product-157082-1883875.html

Un pensamiento en “Dos estilos literarios muy diferentes y opuestos

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