Por el amor de un perro supera la anorexia

Esta narrativa está basada en un caso real, que su protagonista me refirió en febrero de 2008 y autorizó para convertirlo en este pequeño relato, con el propósito que pueda servir de ayuda a otras muchachas en su situación. El nombre que utilizo aquí no es el real de ella.

 

Primera parte

El rostro lucía muy demacrado. Para una joven de dieciocho años que, por su estatura y consistencia física, debiera pesar sesenta y cinco kilos, llevar la aguja de la báscula solo hasta escasos cincuenta y dos, era un claro síntoma de padecer un serio desorden alimenticio. Por si fuera poco, varios días de ayuno total para tratar de bajar hasta los cincuenta kilos la habían dejado sumamente debilitada, incapaz de hacerle frente al fuerte dengue hemorrágico que la consumía. La vida se le iba con cada vómito de sangre.
Circulando por las finas mangueras transparentes, el suero descendía desde las botellas hasta el catéter que alimentaba su torrente sanguíneo por una vía intravenosa, intentando mantenerla hidratada y viva, gota a gota, como los segundos que desgranaba el reloj de pared. Era una carrera de los médicos contra el tiempo, para una joven que había abandonado el conteo del tiempo y las ganas de vivir.
A poca distancia, una mujer observaba las acciones de una enfermera cambiando la botella de suero e inyectando en ella un medicamento. Con los ojos húmedos no podía dejar de observar el cuerpo inmóvil de su hija, cubierto por las blancas sábanas del cuarto de hospital. No podía recordar bien cuántos días llevaba allí, totalmente inerte.
Se preguntaba qué cosas podría sentir alguien en esa condición. ¿En dónde estaría su mente? ¿Mar estaría tratando de aferrarse a algo por lo que mereciera la pena vivir o ya abría abandonado esa lucha?
La mujer se recriminaba su propia actitud y abandono. Aquella era su hija y le dolía ver todo lo que había pasado sin que ella hubiera hecho nada por ayudar. No había estado a su lado cuando más la necesitó. Solo le pedía a Dios una pequeña oportunidad para rectificar. Anhelaba que pudiera servir para algo lo que, en secreto y saltándose las reglas del hospital, iban a tratar de hacer por ella, en un intento desesperado de darle el único motivo por el que creían que ella podría tener interés en vivir.

 

Una familia rota.

Un hombre que abandona el hogar dejando a la mujer y una hija pequeña, por las que nunca vuelve a preocuparse, no es sino un número más en la elevada cifra estadística. Una mujer que ante el abandono se vuelve a casar, no necesariamente por amor, no es nada nuevo en el mundo. Y una niña de diez años que aborrece a su nuevo padrastro tampoco es nada raro en ningún sitio.
La vida de Mar podría haber transcurrido dentro de cierta normalidad, como la de tantos otros en su situación; pero no fue así. Vivía en un conflicto continuo con su madre, que la maltrataba desahogando en ella la ira y frustración causadas por el abandono y las necesidades de una vida precaria.
Mar no soportaba a su padrastro, con quien evitaba todo contacto. Se sentía desorientada y sola, sin una fuente de autoridad a quien contar sus problemas, escuchar y confiar y, además, la agobiaban ocultos sentimientos de culpa. El espejo pronto comenzó a devolverle una imagen que cada día le gustaba menos. Fue así como, ante las imperfecciones de los demás, surgieron sus ansias de ser perfecta. Allí comenzaron sus desórdenes alimenticios.
Mar sentía una soledad terrible, oprobiosa, y cada vez se encerraba más en sí misma. Desde que ella podía recordar había anhelado tener un perro que fuera solo de ella. Pero, por un lado, su madre no lo permitía; por el otro, ella sentía que debía de ser responsable, cuidar al animal, llevarlo al veterinario, vacunarlo, alimentarlo bien y proporcionarle todos esos cuidados que costaban un dinero que ella no tenía, pues eran bastante pobres.

 

Segunda parte

La temida anorexia

Los años transcurrían. A pesar de que Mar había alcanzado una delgadez extrema, de solo 45 kilos, la imagen que el espejo reflejaba no cambiaba. Para sus ojos seguía siendo gorda. Solamente la aguja de la báscula le informaba de la realidad numérica que su cerebro no quería reconocer. Para los dieciséis años la sensación de soledad había crecido junto con ella, casi al igual que los maltratos de su madre. Las cosas en lugar de mejorar empeoraban y se hicieron agobiantes. Necesitaba hacer algo con urgencia. Decidió buscar trabajo, por primera vez en su vida, y ganar dinero para tener a su anhelado perro.
Debido a su estatura y delgadez, que encajaban adecuadamente dentro de los estándares de muchas empresas de moda y publicidad, Mar encontró trabajo como promotora para una firma que vendía teléfonos móviles. Más pronto de lo que pensó, logró reunir una cantidad de dinero adecuada para buscar su primer perro.

 

Amor a primera vista.

Alguien como ella que sabía lo que era el abandono, la miseria y la soledad no gastaría su dinero comprando en una tienda de mascotas. Fue a una perrera donde recogían animales de la calle. No tuvo que mirar mucho. Vio aquella cachorrita y se enamoró de inmediato. Su corazón saltó acelerado y ella se dijo: «Mía, tiene que ser mía, solo mía».
Fue tal la tristeza que sintió al ver el estado en que estaba el animal que rompió en llanto. La perrita tenía unos tres meses y podría ser una French Poodle o cualquier otra cosa, porque con tal suciedad y abandono nada podría asegurarse.
La tenían metida en una pequeña jaula de alambre para pollos, en donde la perrita no podía ni tocar el suelo, caminando con dificultad sobre la malla que tenía por piso. El encargado dijo que antes de entregársela la bañarían. Pero Mar no quiso estar allí, sino lo indispensable, por lo que se la llevó tal cual estaba.
Fue directo a una clínica de animales, la primera que encontró; pero no le gustó el humor que manifestaba el veterinario y decidió irse. Probando en otras, encontró una amorosa veterinaria que le agradó. Allí auscultaron a la perrita, la revisaron concienzudamente y le dieron pastillas para desparasitarla. La mujer también le suministró un jabón especial para que ella la bañara. Además, exterminaría sus muchos parásitos externos. Como aún tenía dinero suficiente, Mar le compró una pechera y una mullida camita para dormir.
Para regresar a casa utilizó un autobús, como usualmente hacía. Enseguida notó la forma en que la gente la miraba por llevar aquel perro tan sucio y abandonado. Ella ni se inmutó. Ya estaba acostumbrada a miradas como aquellas. Tampoco le importó saber lo que estarían pensando. Su rostro estaba serio, pero su corazón latía feliz al sentir la perrita moverse entre sus brazos. ¿Qué podían importarle los demás?

 

Tercera parte

Amargo recibimiento.

Cuando llegó a su casa, lo primero que su madre le gritó era que allí no quería animales, menos aún mugrientos y llenos de pulgas y garrapatas.
Mar ya no solía prestarle la menor atención, así que, subió a su habitación dejando a su madre despotricando. Pero ella la siguió muy enojada. Dijo que si ella no sacaba aquel animal la pondría de patitas en la calle, con todo y maletas.
Después de aquel altercado, Mar lloró con amargura. Pero no estaba dispuesta a deshacerse de la perrita por nada. Acudió a su cómplice, el espejo, que no la ayudó. Al contrario, se limitó a mostrarle esas cosas horrendas que ella ya conocía de sí, y a decirle otras nuevas que nunca hubiera querido escuchar. Los espejos nunca nos dejan ver lo que realmente somos; pero el de ella, para empeorar las cosas, era un mentiroso compulsivo.
Quién sabe lo que hubiera resultado de aquello, si una húmeda lengua no hubiera acariciado su pierna, regresándola al mundo de la realidad. Agarró a su perrita que no se cansaba de lamerla. Le pareció que el animalito le decía que, a diferencia del espejo, a sus ojos ella era la persona más hermosa de la tierra y la más amorosa. Mar se dio cuenta de que las dos necesitaban un buen baño.
La perrita jugó y chapoteó disfrutando de su primera experiencia con el agua templada, casi caliente. Debió de sentirse tan aliviada por deshacerse de mugre y parásitos, como Mar mima por poder relajarse y olvidarse del mundo.
Después de secar y cepillar a la perra apareció lo que realmente era, una primorosa cachorrita de color blanco. Mar la acicaló a conciencia y jugaron un rato. Luego se fueron a la cama y ella le comentó sus dudas, sus problemas, sus anhelos y su necesidad de ser delgada y perfecta, al menos físicamente.
Mar volcó en ella todas las inquietudes que nunca había encontrado oportunidad de decirle a nadie. Su perrita, a la que, en forma algo posesiva, llamó Mía, la miraba con sus ojos negros y atentos o jugueteaba mordisqueándole las manos. Ella se convirtió en su confidente absoluta. Se quedaron dormidas juntas y, esa noche, Mar logró descansar como hacía mucho que no podía. Desde la pared el espejo las miraba con algo de celos.

 

Cerrando la puerta a sus espaldas

Al día siguiente, estando segura de que dejando sola a la perra con su neurótica madre sucedería algo malo, se la llevó al trabajo. Mar se sentía y veía feliz. Su disposición fue tan buena que, ese día y los siguientes, logró incrementar la venta de teléfonos, lo que redundó en mejores beneficios económicos para ella. Se lo atribuyó a la suerte que Mía le traía.
De aquella manera transcurrió un mes entre el trabajo, su sesión de modelaje frente al espejo y la necesidad de ser perfecta físicamente; también entre los constantes gritos de enojo de su madre y el cero a la izquierda de su padrastro. Hasta que no pudo más.
Un día tan malo como otro cualquiera, Mar decidió marchar con su perrita a otra parte. Cerró la puerta tras de sí para no volver jamás.

 

Una nueva vida

Cuando se instalaron, Mar y Mía sintieron lo que era paz y tranquilidad, por primera vez. Ella brincaba de alegría por tener su propio espacio sin gritos, sin reclamos ni recriminaciones. Mía husmeaba por todos lados, inspeccionando, fijando todos los olores del nuevo entorno. Las dos comenzaron una nueva etapa de mayor tranquilidad. Mar siguió con su trabajo y afanándose por alcanzar su ideal de perfección.
La empresa para la que Mar trabajaba le exigía tener un peso máximo de cincuenta y cinco kilos. Aunque ella había llegado a tener tan solo cuarenta cinco, había ganado peso hasta llegar a los cincuenta y dos kilos, dos por encima del tope que ella misma se había trazado como máximo aceptable. Por eso, como otras tantas veces lo había hecho, comenzó un ayuno total. Sabía que la manera más rápida de bajar de peso era no comer, sencillamente eso. Pero no contó con que un simple mosquito podría arruinar su reciente felicidad y poner en peligro su vida.

 

Ladridos desesperados.

En la zona de México donde ella vivía había proliferado el dengue hemorrágico, y Mar contrajo la enfermedad, aunque no se dio cuenta. No le prestó atención a las cefaleas, pues eran normales en su vida. Ni atendió al dolor de ojos y los musculares ni a la fiebre. Cuando aparecieron las pequeñas hemorragias nasales tampoco les dio importancia. Luego llegaron los primeros vómitos, de los que menos se preocupó, ya que vomitaba con frecuencia.
Para cuando Mar notó que no tenía nada que sacar del estómago debido al ayuno que seguía, y que los vómitos eran pura sangre, ya era muy tarde. Se dio cuenta de lo que ocurría y se asustó. Estaba sola en casa, demasiado débil y mareada para poder salir a pedir ayuda.
Pero se equivocó; no estaba sola. Unos ojos negros la observan constantemente con gran atención, y se dieron cuenta de que algo malo ocurría.
Los vecinos vieron a la perrita salir corriendo y ladrando a todo pulmón, en forma desesperada e insistente. Ellos le habían tomado cariño por su dulzura y sabían que era un animal muy tranquilo y callado, que solo ladraba cuando estaba asustado. Supusieron que algo sucedía. Por si les quedaba alguna duda, Mía agarró a una mujer por el ruedo de la falda y tiraba de ella hacia la casa, con fuerza e insistencia. Fue así que se decidieron a llamar varias veces a Mar. Al no obtener respuesta lograron entrar a la fuerza. La encontraron desmayada y llena de sangre.

 

Cuarta parte

La cruda realidad

Al recuperar la conciencia se encontró en una cama de hospital. Lo primero que hizo fue preguntar por su perrita. Su vecina Ana le informó que la tenían en su casa, y que sus hijas la estaban cuidando bien. Eso la tranquilizó, pues sabía que una de las niñas adoraba a Mía.
El médico no se anduvo con medias tintas. Le habló claro. La hizo ver que a sus dieciocho años tenía toda una vida por delante… o no; ella decidía. Le informó que el cuadro de dengue hemorrágico que tenía era muy serio, empeorado por el tiempo transcurrido sin atención médica, más su condición anoréxica y la debilidad en que se encontraba por el ayuno a que se había sometido. En pocas palabras: su estado era muy grave.

 

¿Perfección física o estupidez?

Fue la primera vez que ella tomó conciencia de lo serio de su situación, y a dónde la habían conducido los días de ayuno absoluto. Por tantos desórdenes alimenticios su estómago rechazaba la mayoría de los alimentos, por eso vomitaba cada vez con más frecuencia. De seguir así, podía morir en cualquier momento. Se preguntó si aquella búsqueda de la delgadez era realmente algún modelo de perfección física o una estupidez sin sentido alguno, promovida perversamente por seres sin escrúpulos.
Todas las funestas ideas que cruzaron por su cabeza la deprimieron más y se encontró sin ganas de vivir. Pensó que moriría irremediablemente y que pronto se reuniría con su amada abuela. Pero no quería irse sin antes hablar con su pequeña perra. Sin embargo parecía muy poco probable, ya que no se permitía la entrada de animales en el hospital.

 

Amorosa complicidad

Su vecina Ana, captando lo apremiante de la situación, en complicidad con otros logró introducir a Mía en el hospital camuflada dentro de una canasta para bebés. Al abrazar a su perra, Mar no puedo aguantar las lágrimas, a la vez que reía nerviosamente ante sus muestras de afecto.
Convencida de que no saldría de aquella, pidió a su amiga que vendiera sus pertenencias y buscara un hogar para Mía, uno donde estuviera bien y cuidaran que nunca pasara hambre ni le faltara nada.
Ana la tranquilizó asegurándole que, si eso llegara a pasar, Mía quedaría en su propia casa, en donde nunca le faltaría un plato de comida y cariño. La perrita, como si entendiera la gravedad de la situación, se mostraba nerviosa gimiendo y pasándole la lengua.
En la confusión causada por su debilidad, Mar recuerda la llegada de su madre, que entre sollozos le pedía perdón por no haber estado a su lado. Ella le restó importancia al asunto y le aseguró que por su parte estaba olvidado todo.
Su madre, conociendo la delicada situación, con enorme dolor y arrepentimiento se ofreció a cuidar a su perra si a ella le pasaba algo. Mar le dio las gracias débilmente, aunque pensó que prefería que la cuidara alguien que de verdad amara a los perros, como su vecina Ana, y no su madre por puro compromiso. Luego su mente se alejó de todo. Había entrado en coma.

 

Quinta parte

La bella durmiente

La mujer interrumpió sus pensamientos cuando llegaron quienes ella esperaba. Estaban desesperados y habían decidido jugarse aquella baza. Traían una canasta de bebé. Adentro, bien cubierta por una sabanita, estaba Mía. La perrita, como si realmente supiera de qué se trataba, no se movía ni hacía ruido alguno.
La habitación había quedado sola y era el momento oportuno. Al dejarla sobre la cama, la vivaz perrita corrió hacia el pálido rostro. Lo repasó una y otra vez con su lengua. Era su forma de besar a su dueña y demostrarle cariño. Lamió sus labios y comenzó a mover su cola de un lado a otro, cada vez con más rapidez y alegría.
A un lado de la cama, su madre y vecinas observaban en silencio, bañadas en lágrimas y con un nudo en la garganta. Creyeron ver un leve espasmo en un brazo. Mía ladró y aumentó sus lengüeteadas al rostro de su dueña, con mayor frenesí. Se produjo un movimiento más fuerte en el brazo de la durmiente; los labios se abrieron un poco y la cabeza giró levemente apartándose. Un instante después, Mar abría los ojos. El milagro se había producido.

 

Un cambio radical.

Mar puede contar su historia con un final feliz. Ella logró sobrevivir al dengue y se encuentra restablecida. Durante su enfermedad perdió el empleo como promotora. Quiso volver; pero a causa del suero y los cuidados del hospital había sobrepasado el límite de peso que le exigían, por lo que no la aceptaron. La trataron mal y hasta dijeron que se veía fea y gorda.
Mar se decidió a trabajar por su cuenta vendiendo cosméticos de una reconocida firma. Su peso es de sesenta y cinco kilos y está dentro del índice de masa corporal que le corresponde. Cambió de hábitos alimenticios, de consejos y también de espejo. Ahora, cuando se mira en uno, ya se ve a sí misma tal cual es, y se da cuenta de que, como mujer, no está nada mal a los ojos de los hombres. Cuando le queda alguna duda se mira en los ojos de su perra, que siempre le dicen la verdad.

 

La fuerza del amor

Mar no sabe lo que ocurrió mientras estuvo en coma; pero está convencida de que si hubo algo que le sirvió de asidero mental para permanecer en este mundo, tuvo que ser el enorme cariño que sentía por su perra, a la que no quería perder ni dejar sola. Ese mismo amor le sirvió para sobreponerse a sus problemas de alimentación. Considera que el día que encontró el pequeño bulto de pelo sucio en aquella asquerosa jaula de la perrera, fue el más dichoso de toda su vida, y que esos dieciocho meses posteriores han sido los únicos por los que le ha merecido la pena vivir y esforzarse en progresar. Siente que, de no haber sido por su perrita, su vida habría seguido igual o, posiblemente, terminado mal.

 

Con las cosas claras

En todo esto hay algo que ella siempre ha tenido muy claro y que ahora, más que nunca, ratifica. Mar afirma que tener a un animal de compañía representa una gran responsabilidad, a la que hay que afrontar tal cual si se tratara de tener un hijo. No se adquiere un perro, un gato u otro animal por simple gusto estético o por moda, como si fuera un objeto de decoración; ni por un impulso visceral, como quien se compra una cartera que luego podrá tirar o regalar, cuando pase la temporada o se desvanezca el interés.
Después de aquello, Mar destinó parte de su tiempo libre a colaborar, en México con una organización que rescata perros y los da en adopción. Una cosa que le llamaba la atención era que, de todos los que allí trabajan, solo ella era Mexicana. La mayoría eran canadienses.
Mar ha entendido bien dos problemas. Uno es el de los animales callejeros y las causas de las pocas personas que se ofrecen para adoptar. Dice que, en México, el costo de la esterilización de un animal equivale a una quincena de salario, y si se junta a la atención veterinaria, el alimento especial y todo lo que se requiere para tener bien a un animal, no es nada barato. La mayoría de las personas ganan muy poco y apenas les llega para vestir y dar de comer a los hijos. No quedan restos para ir alimentando animales, mucho menos para gastar en ellos una tortilla.
El otro es el de la anorexia y la bulimia, y las causas por las que se puede caer en ese horrendo y tenebroso mundo de fantasía negra y retorcida, en donde se permanece atrapado por el embrujo de un espejo y la imagen distorsionada que muestra a nuestros ojos. En este caso, como en tantos otros, lo único que nos puede ayudar es el amor. Pero no sirve el que está afuera, el que otros puedan sentir. Solo el que nosotros llevamos dentro tiene la fuerza o el componente mágico para hacernos superar montañas. Cuando sentimos amor por alguien, al punto tal que, ante el trance de perderlo o dejarlo abandonado, prefiramos sacrificarnos nosotros rompiendo incluso el espejo para salir del mundo obsesivo que hay en él, matamos esa imagen irreal de perfección física que nos habíamos impuesto. Parece que, tras ese esfuerzo de vida o muerte, la mente se aclara regresándonos al mundo de la realidad objetiva.