La comunión de los ángeles

La comunión de los ángeles

Novela La comunión de los ángeles«La comunión de los ángeles» es la parte central de una trilogía titulada «Almas gemelas». La sucede la primera parte de la historia —porque es anterior en el tiempo— y cierrra con la tercera. Es seguro que se están preguntando de qué va la trama. Esa es la parte difícil de resumir, como todos quienes la han leído concuerdan.

Decir, por ejemplo, que una novela trata de “un viejo pescador que sale en su barca a pescar un pez espada” no nos da la menor idea del maravilloso contenido de “El viejo y el mar”, de Hemingway. Pero, ciertamente, la novela va de eso. Si una obra es de misterio se complica más un buen resumen sin dar pistas. No obstante yo intentaré hacer una breve sinopsis de “La comunión de los ángeles”.

Muchas son las preguntas que salen de esta novela que toca temas que van desde el conocimiento del futuro hasta las almas gemelas; aunque podríamos hacer unas pocas:

— ¿Existen los ángeles o son pura mitología?
Si existen, ¿están constreñidos a una vida celestial o, por el contrario, al no tener limitaciones pueden encarnar físicamente, tener hijos y vivir entre nosotros, como un ser humano cualquiera en apariencia?
— ¿Qué finalidad podrían tener entonces esa convivencia?
— ¿Los centros magnéticos que se distribuyen por todo el planeta tienen algo que ver con manifestaciones paranormales, místicas, mágicas y milagrosas?
— ¿Qué propósito tienen las apariciones de vírgenes y de ángeles?

Síntesis de la novela.

Natalia, una silenciosa joven enferma, embarazada y de oscuro pasado, es acogida en un convento de monjas que encierra ocultos secretos. Allí da a luz una niña a la que ponen por nombre Angelines. A la hermana Teresa se le asigna el cuidado y la educación de la niña, ocupación en la que va siendo testigo de hechos sorprendentes e inexplicables que la sumen en grandes contradicciones que no se atreve a compartir con nadie.

Nueve años después, la hermana Teresa está a cargo de un grupo de colegiales que van a realizar la primera comunión. Se encuentra muy inquieta, por algo de enorme trascendencia que solo ella conoce que va a ocurrir ese día. Debido a ello, en los momentos previos a la comunión su mente salta en el tiempo, entretejiendo el pasado y el presente, hilvanando sucesos y recordando diversas fases de su vida desde el momento en que llegó a aquel peculiar y extraño convento, cuyos secretos comenzó a descubrir y donde se encontró con aquella misteriosa joven y su excepcional hija.

Como he mencionado al principio, esta novela es la primera parte de una trilogía. A la vez es también la obra central, ya que la continuación —terminada y con unas dos mil páginas— es anterior en el tiempo: una historia que transcurre entre España y Oriente Medio en los años de 1098 y 1132, en el marco de la Primera Cruzada. (Ver una sinopsis de la obra en la sección de Novelas escritas).

La tercera parte es actual, cronológicamente sucediendo a la primera parte.

Publicación en formato de libro electrónico.
Online Studio Productions. Editorial Digital.
Editores Digitales para Apple.
Publicado en la iBookStore de la App Store de Apple.
Marzo 2011.
Título original: La comunión de los ángeles.
Autor: J. Alfredo Díaz García
Diseño de portada: J. Alfredo Díaz G. y Gustavo Adolfo Díaz González

ACTUALIZACION: 07-10-2011.
Online Studio Productions cambió la obra de sitio y me comunica que: “Su  obra con las correcciones y nueva  maquetación  ha sido publicada como parte de nuestra aplicación Online Bookshop -aprobada por Apple el viernes-,  que funge como una librería para que los usuarios puedan elegir y comprar los libros que edita la compañía. Es una forma de reunir y catalogar nuestros productos y facilitar la búsqueda a los compradores. La aplicación funciona de la siguiente forma, el usuario descarga gratuitamente la app-catálogo desde donde podrá comprar la obra que desee.

link de la  aplicación: iTunes de España:

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Si se desea ingresar en otro país distinto a España, solo habrá de cambiarse la parte que está en rojo. México es mx, Argentina es ar, Perú es pe, Venezuela es ve, Chile es Cl.

A la librería de la App Store es posible acceder también a través de un PC, que si tienes el iTunes instalado te permitirá descargar la obra. El problema es que no podrás utilizarla si no tienes un dispositivo de Apple. A diferencia de otros formatos de libros electrónicos descargados de Amazon o cualquier librería, “cualquier producto de App Store (iTunes) solo puede leerse en los dispositivos de Apple (iPad, iphone iPod Touch) debido a la política de dicha compañía.”
Hasta los momentos, que yo sepa, no hay ningún software que permita la visualización en otros dispositivos que no sean Apple. Sinceramente, yo lo lamento por quienes no los tienen. Yo no sabía que esto era así de restrictivo cuando decidí publicar con Apple.

Sección de libros de iTunes España directamente accesible a través del ordenador: http://itunes.apple.com/es/genre/mobile-software-applications/id6018?mt=8

Si no tienes un dispositivo de Apple, puedes descargarte los dos primeros capítulos, para que los leas con toda comodidad en tu dispositivo eReader preferido, disponible en los siguientes formatos electrónicos :
EPUB
PRC
MOBI
Al continuación incluyo el índice de la novela, el primer capítulo y parte del segundo, por si quieres leerlos desde aquí.

LA COMUNION DE LOS ÁNGELES

Primer capítulo y parte del segundo

 

ÍNDICE DEL CONTENIDO

Alumbramiento y anunciación
—Nueve años más tarde—

CAPÍTULO 1 La entrega de guardia en el hospital
CAPITULO 2 Una mujer muy especial
— Un breve retrato social
— Angelines
— La llegada al convento
— Aquella tarde de verano en el río
— Un juego muy peligroso para una bebé
CAPÍTULO 3 Encuentros casuales que nos cambian la vida
— «El Griego»
— Unos ojos fríos
— La sesión de fotografía
— La preocupación de la hermana Teresa
CAPÍTULO 4 Las presentaciones
— La hermana Sabina y Natalia
— La reverenda madre superiora
CAPÍTULO 5 Las cosas de cada día
— Unos labios rojos
— La niña no pudo dormir
— El rostro de Dios
— Inicio del sermón sin final
— ¡Fuego en la habitación!
CAPÍTULO 6 La plática en la cocina
— Una buena infusión
— El gato herido
— La curación fue total
CAPÍTULO 7 Del hoy y del ayer
— El imposible tomate maduro
— Los tiempos cambian
— Las malas noticias
— La singular estatua
CAPÍTULO 8 La conversación con Natalia
— Los lugares de poder
— Las apariciones divinas
— ¿De qué esperanza hablamos?
— La verdadera fe y el camino del amor
— La voluntad del hombre
— Almas gemelas
CAPÍTULO 9 Continúa la conversación con Natalia
— El transeúnte despreocupado
— El misterio del convento
— El conocimiento del hombre y su ignorancia
— Las decisiones humanas y la intervención divina
— Los caminos del hombre
— La grandeza del hombre
— Sobre la vida y la muerte
CAPÍTULO 10 Las reflexiones de la hermana Sabina
— Conversaciones de gran altura para una niña
— Un lugar en los corazones
— Los malos entendidos
— Algo sobre el nacimiento
— Sobre espíritus, almas y seres humanos
— Ángeles entre nosotros
— Del culto a los muertos
CAPÍTULO 11 La hermana Teresa se sincera
— La materialización
— Las rosas de los ángeles
— Salvada en el campanario
CAPÍTULO 12 Todo tiene su tiempo
— Se inicia la comunión
— La despedida y vaticinio de la hermana Sabina
— Las manifestaciones celestiales
CAPÍTULO 13 Y todo está consumado
— Los preciosos detalles
— La predicción de Eloy
— Rosa encuentra el camino
— El nombramiento
— La decisión de Milena
CAPÍTULO 14 Siete meses más tarde
— Los peregrinos
CAPÍTULO 15 El músico celestial
— La hora misteriosa y mágica
— El callejeo nocturno
— El ángel custodio de la hermana Sabina
— Los deseos del hombre
— El rezo y la oración
— La fuente del deseo cumplido
— En el interior de la montaña de cristal

Puedes leer los dos capítulos a continuación o, si prefieres leerlos en tu lector de libros eléctronicos, realizar la descargar en alguno de los siguientes formatos:
ePUB
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PRC

«El escritor ve un ángel donde los demás no ven nada».
ALESSANDRO BARICCO

Algunos vemos un ángel
donde los demás solo ven un ser humano.

Alumbramiento y anunciación

La cabeza de la criatura fue apareciendo en una correcta presentación cefálica. La joven, sujeta a una baranda, de pie junto a la cama con las piernas abiertas observaba su propio parto. No quería perderse ningún detalle de aquel único y mágico instante. Sabía muy bien que sería irrepetible para ella.
Dos mujeres vestidas con batas blancas y cubiertas las bocas con mascarillas la atendían de forma solícita. Una de ellas, la de menor estatura, con movimientos precisos sujetaba la pequeña cabeza que surgía cubierta de negro vellón, pero que no terminaba de pasar. Indicó a la joven que pujara de nuevo, aprovechando una contracción. Ella lo hizo, flexionando las rodillas otro poco. La cabeza surgió algo más, hasta dejar ver los ojos cerrados de la criatura. Unas nuevas contracciones y la cabeza salió por completo.
Agachada junto a la parturienta, las manos experimentadas de la pequeña mujer realizaron unos suaves y hábiles movimientos en la siguiente contracción. Logró que saliera un hombro del neonato, facilitando de seguido el suave deslizamiento del resto del frágil cuerpo por el conducto vaginal, hasta que salió del útero materno en donde había permanecido enclaustrado durante nueve meses. Era una niña.
Ayudaron a que la joven se echara sobre la cama, y colocaron a la criatura entre sus piernas. Luego, una colocó las pinzas al cordón umbilical para detener el flujo de sangre. Al cerrarse las tijeras quedó cortado, definitivamente, el lazo físico entre las dos. Ahora la recién nacida dependía exclusivamente de sus propios órganos para sobrevivir, y sus pulmones debían comenzar a realizar su labor cuanto antes.
La otra mujer, alta y corpulenta, mediante un pequeño catéter de succión le extrajo restos del líquido amniótico dentro de la boca. El neonato no daba muestras de iniciar la respiración de forma espontánea, y no parecía vital. La enorme mujer, temiendo la posibilidad de asfixia, con la mano izquierda tomó a la recién nacida por ambos pies y la levantó cabeza abajo. Parecía dispuesta a darle una nalgada con la derecha, para que iniciara la respiración que la uniría a este mundo. Pero se quedó con la mano alzada. Una peculiar flacidez dejó sin movimiento su brazo.
Vestida de monja, un poco apartada, aunque pendiente del mínimo detalle, una tercera mujer, de rostro surcado por profundas arrugas, había estado rezando en silencio. Se acercó apresurada y tomó a la criatura de manos de la atónita mujer, quien permanecía con el brazo derecho inmovilizado en el aire.
La monja sujetó a la niña con la mano izquierda bajo su cuello y cabeza, y la derecha bajo sus nalgas. La colocó en posición horizontal y la sostuvo de cara hacia el techo. Pareció que la estuviera ofreciendo al Cielo, mientras miraba aquel sonrosado rostro como si se tratara de lo más sagrado del mundo. Acercó su cara y sopló con fuerza por unos tres segundos sobre la pequeña boca y las diminutas naricillas.
La recién nacida suspiró y dio un breve respingo que estremeció su cuerpo, sacudiendo las piernas y los brazos con energía. De inmediato su pecho se movió al ritmo de la respiración que se iniciaba por sí sola. Abrió unos ojos grandes, que miraban con expresión que bien podía calificarse de curiosidad. Su mirada recorrió, uno por uno, los rostros, llenos de asombro e incredulidad, de las tres mujeres que estaban alrededor de ella.
La anciana monja se acercó a la cama, sonrió a la joven madre y dejó a la criatura sobre su vientre que, libre ya de su contenido, cedió formando una leve concavidad que acunó a la criatura. En ella podía escuchar, otra vez, el rítmico y tranquilizador sonido del corazón de su madre, que tan bien conocía. La joven abrazó aquel fruto de sus entrañas y sonrió, satisfecha.
En ese momento se produjo un remolino de aire dentro de la habitación; las luces eléctricas titilaron y terminaron por apagarse. Los cerrados postigos de las ventanas se abrieron con violencia, aunque sin ruido, en ambos laterales del recinto. Una intensa luz penetró a raudales por todas ellas, iluminando hasta el último rincón, purificando todo.
Las dos mujeres de batas blancas y la monja quedaron boquiabiertas. Pensaban que era imposible que el sol entrara por ambos costados opuestos al mismo tiempo y que, además, alumbrara desde el suelo hasta el techo. Por si fuera poco, era de noche. Instantes después, los postigos volvieron a cerrarse y aquella luz se apagó.
Las llamas de las velas que alumbraban un crucifijo vacilaron, y estuvieron a punto de extinguirse; luego, aumentaron de forma inusual, como si les hubieran agregado gasolina, para regresar después a su mortecina intensidad inicial. En aquella semioscuridad en que quedó la habitación, los ojos de las tres mujeres pudieron ver el resplandor que surgía de los cuerpos de la recién nacida y su madre, y sus olfatos se impregnaron de fragancias desconocidas. Al mismo tiempo creyeron escuchar lo que les parecieron  nutridos coros entonando cánticos, anunciando por los ocho puntos del universo aquel nacimiento.
El cálido y fluido resplandor aumentó. Surgieron luces doradas en forma de rutilantes chispas que subían hasta el techo y luego bajaban, danzando en torno de las dos en un manso remolino. Y al contraluz que formaron, pudieron entreverse dos altísimas figuras, muy sutiles, casi traslúcidas, que parecían montar guardia a cada lado de la cama.
Las tres mujeres cayeron de rodillas, persignándose.

 

Nueve años más tarde

CAPITULO 1

—Mujer, si son las siete en punto. ¿Qué te pasó hoy?
—Hola, Rosa. ¿Por qué lo preguntas con ese asombro, chiquilla?
—Porque no es para menos. ¿Tú, viniendo a recibir guardia antes de tiempo y en domingo? Tienes que haberte caído de la cama. Espero que no te hayas dado un mal golpe. ¿O peleaste con tu novio, otra vez?
—Vamos, chiquilla, quien te oiga puede pensar que me la paso de verdad en eso. Pues ni lo uno ni lo otro. Mi relación con Manolo está muy bien. Para que lo sepas.
—¿Cómo va a ser? ¿No se llamaba Antonio?
—Ese fue el otro. Ya tengo casi seis meses saliendo con Manolo.
La recién llegada lo respondió con una seriedad que contrastaba un poco con su usual hablar, de alegre tono con acento andaluz.
—¡Vaya! ¿Ya llevas más de tres meses con uno? Mira tú, yo no me había dado cuenta de que has madurado tanto.
—¡Pero bueno, Rosa! ¿Y a ti qué te pasa hoy, mi alma, que estás tan burloncilla? Pregunto yo ahora, vamos. ¿Te sacaste el premio gordo de la lotería y acabas de renunciar, o es que tienes el período atravesado? No, déjame que adivine. Ya que andas como unas castañuelas, debo suponer que te tocó estar de guardia anoche con el doctor Fernández. ¿O acaso me equivoco?
Rosa no respondió con palabras, pero rehuyó sus ojos y miró hacia los lados, discretamente, para asegurarse de que ninguna de las otras enfermeras, que por allí andaban, hubiera escuchado. La enorme sonrisa, de oreja a oreja, fue de sobra elocuente.
—¡Ah, vaya, con que es eso! Algo de adivinadora debo de haber heredado de mi madre. ¿Y cuándo vais a formalizar los dos?
—¡Ay, Milena!  Qué más quisiera yo que formalizar algo con ese tío. Con lo guapazo que es —le respondió ella abandonando el tono irónico que había tenido hasta entonces—. Me conformaría aunque solo fuera con informalizar alguito, cualquier cosa; pero al menos tener alguna relación o algo que se le parezca. Porque lo que es él, nada de nada, te cuento. Como si yo no existiera. Creo que estoy perdiendo el tiempo.
—¿No será que no le habrás hecho ver que gustas de él? ¿Estas segura de que has sido explícita respecto a tus sentimientos y pretensiones? Porque tú, por lo que yo he podido observar, chiquilla, en estos delicados menesteres de los amoríos eres un poquitillo remolona y mojigata. Siempre andas esperando que sea el hombre quien de el primer paso, y te saque las castañas calientes del horno y, en estos tiempos en que vamos, eso ya no se estila. A ellos les gusta ver algo de iniciativa por nuestra parte.
—No jorobes, Milena. ¡Qué remolona ni que ocho cuartos voy a ser! ¿Explícita, dices? Lo único que me ha faltado es colocarme delante de él y abrir las piernas como una puerta de bisagras batientes.
Milena soltó una carcajada ante la reacción de la otra.
—Mira que tú eres gráfica, Rosa. Tampoco me refería a tanto. Pero esto está más claro que el agua. Si a estas alturas aún no te ha invitado ni siquiera a un mal descafeinado en el cafetín del hospital, pienso que será mejor que vayas poniendo los ojos sobre otro candidato, porque, como tú bien lo has dicho, estás perdiendo el tiempo. Será muy guapazo el hombre, pero lo que es para mí, el tío es un desaborío total. Una lo que busca en un hombre no es el tipazo sino el sabor. Y bastante necesitas tú de alguien que te lo dé y en abundancia.
»Creo que voy a tener que llevarte a dar un paseíllo por el sur, aunque sea tan solo para que conozcas bien Granada, Córdoba y Sevilla. Seguro que por aquellos lugares encuentras el hombre que necesitas, uno lleno de entusiasmo y de salero. Mejor aún si nos vamos a la Feria de Abril o al Rocío, que a ti los vestidos coloridos con volantes, farolaos y lunares, te deben de sentar muy bien. Allí, por poco que te espabiles, por lo menos terminas la romería con pretendiente y montada a la grupa de fina jaca. Mientras tanto, chiquilla, si mi consejo te sirve de algo, vete sacando de tu mente a este doctorcito, porque nada bueno va a salir de ahí. Vas a sufrir, y de eso ya tienes tú de sobra. Ya me pareció a mí que tu alegría de antes, tan cortante como una navaja, era una tapadera que escondía la amargura.
Rosa apretó los labios, frunció el ceño y admitió las palabras de Milena.
—Tienes razón. Yo me lo venía diciendo; aunque me resistía a aceptarlo, por eso de que quizás mañana… ¿Entiendes, verdad? ¿Pero para qué engañarme? Tengo que ir buscando a otro, definitivamente. Aunque me da dolor tener que desistir de este, te lo juro. Según mis principios fundamentales, más vale un pequeño dolor ahora que uno mayor luego, cuando será más difícil.
—Tranquila, mi niña, que ya encontrarás otro tío mejor, no te afanes. Pero vamos, para que me entregues la guardia y te largues de aquí. ¿O es que el asuntillo te tiene tan trastornada que no recuerdas ya que, el jueves pasado, me dijiste que este domingo tenías una misa a las nueve de la mañana? Pero que conste que yo no te estoy obligando. Y si tú ya cambiaste de idea o no tienes prisa por salir, por mi parte no tengo tampoco el menor inconveniente en darme una vueltecilla por ahí afuera, que está muy guapo el día. Me marcho y te dejo seguir con el turno otro ratillo. ¿Hasta las nueve te parece bien?
Rosa vio la expresión de picardía que tenía la otra y, con los brazos en jarras, la encaró.
—No me extrañaría nada de ti. Te creo bien capaz de hacerlo.
—Vamos, anda. ¿Cómo estuvo la noche, aburridamente tranquila o con algo digno de mencionar?
—Por aquí todo marchó con normalidad. Por el área de emergencias fue distinto. Estuvieron bastante ajetreados con los diez heridos que trajeron de los tres coches que chocaron. Dos fallecieron y tres están en terapia intensiva. Los otros cinco solo tienen heridas leves, por lo que he oído.
—Sí, escuché la noticia en la radio, cuando venía. ¿Y todo lo demás, igual?
—Todo tranquilo. Bueno… —comenzó a decir Rosa, pero se detuvo—. No, nada en particular.
—¿Bueno, qué? ¿Qué me ibas a decir? —preguntó Milena con cara de repentino interés.
Ella era de las que pensaban que no hay nada mejor para oír que aquello que alguien quiere callar.
—Nada —dijo Rosa—. En realidad creo que no tiene importancia alguna. Es que no estoy segura.
Milena, que entre sus virtudes no estaba la paciencia, no aguantó más.
—¡Mujer! ¿Qué diablos es lo que ni tiene importancia ni, al parecer, tampoco estas segura? ¡Escúpelo, venga, escúpelo ya!
—¡Ya va, ya va! No me presiones.
La apaciguó Rosa, mirando hacia los lados con una sonrisa de circunstancias, pues una compañera que estaba más cerca se había volteado a mirarlas. Y bajando la voz continuó con la explicación:
—Fue solo algo…, algo raro que sucedió en la cuatro catorce.
—¿En la habitación del ángel durmiente?
Y ahora sí que el rostro de Milena mostró buena dosis de asombro y la más vívida curiosidad.
—En esa misma. ¿Pero por qué te empeñas en decirle así a la monja?  Sabes que al director no le agrada para nada la colocación de motes a nadie, mucho menos a una paciente que se encuentra en ese infortunado estado.
—Sí, lo sé, lo sé. Pero yo no me lo inventé, eso que conste —dijo Milena, haciendo ademán displicente con la mano—. Fue obra, nada más y nada menos, que del doctor Domínguez. Él dijo una vez que, esa muchacha, era lo más parecido a un ángel dormido que él pudiera llegar a imaginarse. Desde entonces muchos le dicen así. Y creo haber escuchado que hasta el mismo director está enterado. En lo particular no me parece que esa expresión pueda ser considerada peyorativa, en forma alguna. Todo lo contrario. Y no es una monja, sino una novicia, según tengo entendido.
—Bueno, aquí entre nosotras dos, te diré que yo suelo quedarme mirándola. Ella llegó cuando yo comenzaba a trabajar en este hospital. Al principio sentí un tremendo sentimiento de pena y de dolor, viéndola allí tan joven, tan pálida, tan hermosa, sumida en esa suerte de vida vegetativa; si acaso vida se le puede llamar a eso, tendida en aquella cama, prácticamente muerta. Los primeros días me afectó mucho, como no tienes idea, luego decidí que prefería pensar en ella como una paciente dormida. Eso me hizo sentir mejor desde entonces.
—Rosa, sabes lo inconveniente que puede resultar el llegar a involucrarse de manera afectiva con los pacientes.
—Claro que lo sé, pero no me fue posible evadirme a la contemplación de ese rostro tan… tan… No sé cómo describirlo, Milena. Te juro que yo lloraba cada vez que tenía que entrar en esa habitación. Trataba de calmarme antes, para que la monja que le hace compañía no notara mi estado. Un día que ella había ido a los servicios y estaba yo a solas con la durmiente, sentí como si alguien estuviera a mi lado. Fue una presencia cerca de mí, una emanación cálida y apacible, amorosa como no puedes imaginarte, que me hizo salir de mi dolor. ¿Puedes creerlo? Sentí que alguien me daba las gracias por mi interés y sentimientos, a la vez que, de alguna manera, me hacía entender lo inútil de sentir esa pena. Fue como si ella me hubiera dicho que todo estaba bien, que las cosas tenían que ser de esa forma. Desde entonces ya no me afecta tanto su contemplación.
—Bueno, tú siempre has sido muy sensitiva y empática, casi rozando en lo sentimental. Incluso yo diría que, a veces, eres hasta sensiblera. Debes cuidarte de eso en relación con los pacientes, porque te puede afectar muy seriamente. Ya no eres una recién graduada.
—No te preocupes. Ahora lo que hago es hablarle como si fuera una paciente cualquiera. Me refiero a que le hablo como si ella estuviera despierta y fuéramos conocidas de toda la vida. Son comentarios simples, tales como: «Buenos días, está nevando afuera, ¿lo sabía?». «El sol luce radiante; no se imagina el calor que hace en la calle». «Hoy he tenido un día difícil, como no tiene ni idea; cosas del trabajo». Y  hasta algún traído y habitual: «¿Cómo se siente usted esta mañana, hermana Natalia?, ¿qué tal pasó la noche?». Cosas así, comentarios triviales, pero que me distraen la atención, alejándola de su condición de muerta en vida. ¿Y creerás tú que hasta cariño le he tomado? Me imagino que si ella estuviera bien, además de su impactante belleza debería de ser una persona extremadamente dulce y amorosa.
»Un día encontré que, además de la acompañante, en la habitación estaba una monja alta y de bastante edad, a la que recordé haber visto saliendo en otra oportunidad. Después  supe que era la Madre Superiora, y que venía con  cierta frecuencia. Me di cuenta de que ella miraba a la durmiente con una mezcla de amor y dolor tan grande, que me sobrecogió. Fíjate que, por un instante, pensé que ella era su madre. Yo, más bien como un comentario, dije que me hubiera gustado muchísimo haber conocido a la joven, que me parecía que hubiéramos sido buenas amigas. Le pregunté cómo era ella antes. ¿Sabes lo que me respondió? La monja me miró a los ojos con fijeza, luego sonrió y me dijo: «Ella era un ser extraordinario, alguien como solo un ángel puede serlo». Entonces se acercó hasta mí, me abrazó y añadió: «Yo Estoy muy segura de que sí, hubierais sido muy buenas amigas las dos». Al abrazarme, ella puso una de sus manos en mi nuca, y me sobresalté por lo caliente que la sentí. Nunca he conocido a nadie con unas manos tan calientes como las de ella en aquel momento. Pero me sentí muy bien. Hubiera deseado que el abrazo se hubiera prolongado mucho más. —Sacudió la cabeza, haciendo a un lado los recuerdos—. Como te digo, Milena, yo sigo hablándole a la paciente cada vez que puedo, pensando en que éramos viejas amigas.
Milena la observaba con la mirada un tanto condescendiente.
—Rosa, Rosita. ¿Hasta cuándo, mi niña? Esa criatura se encuentra en un estado vegetativo persistente. Es cierto que su tallo cerebral sigue activo, y que aún se mantiene en funcionamiento el corazón, el aparato digestivo, los pulmones y prácticamente todos sus órganos; pero no le funcionan las zonas cerebrales que gobiernan las funciones superiores del pensamiento y la percepción. Así que, por más que le estés hablando toda tu vida, ella no te va a escuchar nunca. Está más inconsciente que un vegetal sobre una tabla.
—Bien que lo sé, Milena, bien que lo sé. Pero si eso no la ayuda a ella, que tampoco nadie puede asegurar, categóricamente, que las personas en ese estado no oigan de alguna forma, al menos me ayuda a mí a sentirme algo mejor cuando la veo allí dormida.
—Pues nada, si a ti te ayuda eso, entonces léele hasta la prensa del corazón si quieres, chiquilla. Por mí no te vayas a parar. Pero termina de contarme. ¿Qué fue lo que pasó? Porque dijiste que fue algo raro y, lo que es aquí, de rarillo no sucede nunca nada. Espera. ¡No me digas que abrió los ojos!
—No, eso no.  ¡Qué más quisiéramos!
—¿Entonces qué fue? Porque dudo de que pueda pasar algo en esa habitación, mucho menos que sea interesante.
Rosa miró hacia los lados, con cierta aprensión. Había varias enfermeras alrededor, y ella no quería que pudieran llegar a escuchar lo que iba a decir. Agarró a Milena por un brazo y la llevó hasta un rincón, junto a una gran planta. Bajando la voz dijo:
—Está bien, te lo voy a contar. Extraoficialmente, ¿eh?, no como un reporte de novedades. ¿Entendido?
—Entendido, chiquilla. Ni que yo fuera reportera. Pero dale, que cada vez me intrigas más con el asunto. A mí esto de las esperas me mata. Mira que no compro lotería por no esperar el sorteo. ¡Sigue! ¡Anda!
—De acuerdo —dijo Rosa, volviendo a mirar a su alrededor, para cerciorarse de que nadie las escuchaba—. Todo ocurrió durante el inicio de la ronda de las cinco de la mañana. Yo caminaba por el ala sur, dirigiéndome a la habitación 414 para el chequeo de rutina. Al doblar el pasillo observé destellos y una fuerte luminosidad reflejándose en el piso, en el techo y en la pared opuesta del pasillo. Resultaba bien evidente que provenía de aquella habitación. En el primer momento me pareció que salía a través del ventanal de observación. Pero era diferente de la luz emitida por una bombilla o un reflector, porque oscilaba, temblaba y se movía en la forma en que lo hacen los reflejos de las llamas. ¡Te juro que me asusté muchísimo!
»Lo primero que yo pensé, alarmada, fue: ¡Dios mío, se incendió la habitación de la monja! Pero luego detallé que la intensidad y blancura de aquella luz, eran mucho más propias de unos faros alógenos de coche, o de los reflectores de un campo de fútbol. Bueno, diciéndolo así me quedo corta. A pesar de la iluminación de los pasillos, fue como quedar deslumbrada por el sol después de salir de un túnel, por lo que no podía tratarse de ningún tipo de fuego. Con eso me tranquilicé un poco, ya que a punto estuve de salir volando y apretar la alarma de incendio. Bendito sea Dios que no lo hice. Buena la que hubiera armado con una falsa alarma a esa hora.
—¿Y qué era entonces? —la interrumpió Milena.
—A eso voy, aguanta mujer, que a eso voy. Luego, pensé que algo estaría haciendo la monja que siempre permanece en custodia, junto a la durmiente. Pero recordé que esta noche ella no venía. En fin, cuando llegué a la altura de la habitación y fui a mirar por el ventanal, pensando que las cortinas estaban abiertas, entonces sí que quedé perpleja. Yo no podía salir del asombro. Adivina qué.
—¡Coño! ¿Qué? ¡Me tienes en ascuas, chiquilla! Termina de echar el cuento. ¿O esto va a ser una historia por entregas? Además, interactiva, que a cada poco me preguntas y te interrumpes.
—Pues que las cortinas estaban corridas, Milena, bien cerradas. No pude ver hacia adentro. ¿Qué te parece? —le soltó ella, sabiendo que el detalle impactaría a la otra.
—¡No me fastidies! ¡Esas cortinas no son de gasa quirúrgica, precisamente! ¿Cómo dejaban pasar toda la luz que tú dices haber visto? —Y en su voz había asombro, intriga y un tanto de suspicacia.
—No tengo ni idea, Milena. Y eso no es todo, cuando me alumbró aquella rara luz que, como si fueran rayos equis, traspasaba el propio tabique de la habitación, me calmé. Yo sentí sosiego, tranquilidad y una paz interior como no podría explicarte, además de un cosquilleo en todos los dedos. Luego escuché una dulce música coral, muy queda, muy suave, proveniente de muy lejos, pero saliendo de allí.
—¿Música coral, Rosa?
El ceño de Milena mostró la incredulidad que sentía, a esas alturas del relato.
—Como te lo estoy diciendo. Para que puedas entenderme un poco mejor y darte una vaga idea, lo más cercano a que te lo puedo comparar es a un canto gregoriano, entonado por todos los componentes en pleno del Coro del Tabernáculo Mormón, junto con todos los monjes y monjas que puedan caber en el Monasterio del Escorial y el de Montserrat juntos. Pero no eran voces masculinas ni tampoco femeninas.
Rosa detuvo su narración. Tenía la mirada perdida, evocando el momento. Milena, impaciente, la miraba con ademán irónico.  Le dijo:
—¿Y tú qué demonios hiciste? ¿Te quedaste como una pánfila, esperando hasta que terminaron, o qué?
—¡Ya va, chica! Me pediste que te lo contara y eso estoy haciendo. Ahora, que si tenias tanta prisa, mejor me hubieras dicho que empezara por el final, y listo.
—Bueno, bueno, está bien. Discúlpame Rosa. Ya sabes lo impaciente que soy y lo poco que soporto los misterios.
—Vale. El caso es que ante todo aquello yo estaba muy intrigada. Te lo podrás imaginar, ¿verdad?
—Si, Rosa, claro que me lo puedo imaginar.
En la voz de Milena hubo resignación.
—El susto inicial ya me había pasado, y ahora lo que yo tenía era curiosidad. No es que yo sintiera ninguna gana de moverme de allí, bañada por aquella extraña luz y escuchando los cantos, te lo aseguro. Como te dije, lo que en ese momento estaba experimentando era una paz, un sosiego y una tranquilidad que no puedo ni explicarte. Pero la curiosidad, o alguna otra cosa, me terminaron empujando, así que abrí la puerta despacio, muy despacio. Y adivina qué.
—¡Coño, Rosa! ¿Otra vez? —casi le gritó Milena—. Yo no quiero adivinar, quiero saber.
La otra se rió ante la explosión de ella, pero continuó en el mismo tono.
—Pues que, en el preciso momento en que giré el pomo de la puerta y la entreabrí, los cantos cesaron y la luminosidad se apagó. Aunque, para ser precisa, no puedo decir propiamente que se apagó, como ocurre cuando una aprieta un interruptor de luz y desaparece. Aquella rara luminosidad se encogió, se retiró, regresó hacia adentro de la habitación como si fuera algo vivo. Y no me preguntes cómo, Milena. —Se adelantó a la intención de ella, que iba a abrir la boca—. Solo sé que eso fue lo que sucedió, porque el fenómeno me llamó mucho la atención. Sin embargo, cuando entré todo estaba en orden. Y no, Milena, tampoco había un radio ni aparato de sonido alguno encendido ni siquiera apagado, de donde pudieran haber estado saliendo los cantos que escuché. Tú sabes muy bien que no los hay. Ni tampoco faros, reflectores o ninguna otra fuente de luz que no fueran las tenues bombillas de costumbre.
—¿Y el ángel durmiente?
—Ella seguía en su cama, como siempre. ¿Dónde más iba a estar? Allí, sumida en su profundo sueño, ajena a todo. Tampoco en la lectura de los monitores había ningún registro que indicase anomalía de ningún género, o una actividad cerebral distinta de la hora anterior, de ayer, de antes de ayer o del año pasado; nada fuera de lo absolutamente normal en su caso, si normal se le puede llamar.
Milena la observó de frente, con los labios y el ceño algo fruncidos. Le preguntó, de sopetón:
—Y entonces despertaste. ¿Verdad que sí?
—¡Milena! ¿Qué quieres insinuar?
—Rosa, querida, dime la verdad. —Y con tono meloso le pasó un brazo por los hombros, acercándola hacia sí en forma conciliadora—. No estamos en el día de los santos inocentes, ¿cierto? Ni participamos en un concurso de cámara escondida, ¿verdad que no? Entonces, si tú no estabas durmiendo y todo lo soñaste, dime, sé sincera con tu vieja amiga. Y me refiero al tiempo que llevamos conociéndonos, que no por la edad, que conste. ¿Cuántos cafés cargados te tomaste anoche? ¿No habrás agregado una que otra pastillita, tú sabes, algún estimulantillo para mantenerte despierta? Porque, discúlpame, nena, pero lo que es tú como que estabas alucinando.
Rosa se apartó de ella con brusquedad. La miró de frente, no de buenas maneras, y la increpó con dureza, retadora.
—¡Milena, por el amor de Dios! ¿Cuándo en mi vida yo he tomado nada para evitar el sueño o para inducirlo? ¿Qué te pasa, mujer? ¿Ves tú? Por eso no yo quería contárselo a nadie.
—Vale, vale; discúlpame, chiquilla. No te pongas así, que no fue mi intención molestarte —cortó Milena, tratando de ser lo más condescendiente posible ante el claro enojo de la otra—. Pero es que me suena tan fantástico el asunto que… ¿Tu tienes alguna explicación lógica para todo ello?
—Ni lógica ni de ningún tipo. ¿Por qué crees que no lo he reportado? Simplemente porque no puedo probar nada. Además, porque es tan fantástico que nadie me creería. A lo peor hasta pensaban cualquier estupidez de mí. Y vaya que tenía razón. Si hasta tú, por un momento, me has mirado como si estuviera chiflada.
—Bueno, ya te pedí disculpas, mi niña. Mejor tratemos de olvidarnos del asunto, porque ya tenemos suficientemente complicadita la vida, cuanto más como para agregar ahora tan extraños fenómenos sensoriales, extrasensoriales o paranormales, que vaya uno a saber.
—Por favor, Milena, de esto que yo te conté no digas ni siquiera media palabra. Si lo haces tendré que negar todo, rotunda, absoluta y categóricamente, desmintiéndote ante quien sea.
—Despreocúpate, Rosa, que no he oído nada. ¿Qué fue lo que me contabas, chiquilla? ¿De qué hablábamos?
—Júramelo, Milena.
—¡Córcholis! ¿Hasta esos extremos tenemos que llegar? ¿No habrás quedado algo afectadilla por toda la trama del asunto ese?
Mas al percibir que Rosa se iba a enojar otra vez ante la pregunta, Milena se adelantó, poniendo una gran sonrisa y añadiendo:
—Pero nada, que sea como me pides. Te lo juro, mujer. ¿Eso es lo que quieres? Pues si es la única manera en que te vas a quedar tranquila, entonces te lo juro otra vez. Por mí que no quede. ¿Vale? ¿Asunto olvidado entonces?
—Si.  Gracias, Milena.
—De todos modos permíteme decirte que te veo algo rarilla. ¿Estás segura de que estás del todo bien?
—Sí, mujer. Solo tengo algo de dolor de cabeza, y un poco de irritación en los ojos, quizás por la luz aquella o por el cansancio, no lo sé. Pero ya me tomé un par de aspirinas y me puse unas gotas de colirio en los ojos.  Se me pasará pronto.
—Bien. Siendo así vamos a terminar con la entrega del turno, de una vez por todas. ¿Te parece? Para que te largues y no llegues tarde a tu misa, que, por cierto, me extraña bastante. No tenía idea de tu faceta de feligresa practicante.
—¡Que feligresa practicante ni qué rábanos! En realidad no tengo ni prisa ni ganas de ir. Yo ya no sé ni por qué puerta se entra en una iglesia. Pero se trata de la primera comunión de mi único sobrino, así que es un compromiso, desagradable más que otra cosa. A pesar de ello, hasta hace unas pocas horas yo no tenía intención alguna de asistir. ¡Que se fueran al traste todos! Pero hace un rato pensé que, si no voy, a mi madre seguro que le da un ataque, quizás por eso del único nieto. Y a mi hermana mayor lo menos un soponcio. Para ellas sería un desprecio mayúsculo, mayor que todos los desplantes que hasta ahora les hice. Solo me faltaba añadir esto a todos mis líos con ellas. Aunque, después de todo, ¿qué importancia tendría una raya más para un tigre?, como suele decirse. ¿No te parece?
—Yo pensé que no te importaba nada lo que ellas dos te dijeran.  —Así es. O así era, que ya no sé lo que veo ni lo que creo, desde el asunto de esta madrugada que, a ser sincera, aún me tiene desconcertada y algo aturdida. A mí no me interesan lo más mínimo esos actos religiosos, mucho menos el almuerzo y la fiesta que habrá luego. Ni tengo ganas de oírle la lengua a mi madre ni, mucho menos, ser testigo de las estupideces a que acostumbran algunos de mis familiares, cuando tienen unos tragos encima. Decidí ir solo para cumplir, estrictamente. Pero pienso llegar tarde, porque yo no quiero escuchar la misa ni encontrármelas afuera antes de entrar. Con verme adentro de la iglesia, sin importar en qué momento lo haga, las dos se quedarán tranquilas.
»Una vez que termine el rollo, le daré un beso a mi sobrino y me largo sin decir nada. Por lo demás, se supone que esa misa comience a las nueve, pero yo con llegar después del sermón voy sobrada. Últimamente no ando con ganas de oírles monsergas a curas rezongones. Solo puedo asegurarte que, en este momento, tengo intención de ir; que al final llegue ya será otra cosa. Ya luego veremos qué pasa. Pero dejemos ese tema porque me pone de muy mal humor y, además, ahí se acerca Victoria.
—¡Hola, chicas! ¿Qué se ha roto ahora? Debe de haber sido algo gordo.
—¿Romperse qué? No sé a que te refieres. —Dijo Milena.
—Es que por todas partes veo a los electricistas y técnicos de mantenimiento, como si hubiera una convención. ¿Acaso se cayó anoche el sistema eléctrico?
—¡Ah, ya! No, en absoluto. No se ha estropeado nada. Están desde ayer, por eso de la onda electromagnética de la tormenta solar que viene. Se espera que su pico de actividad alcance a la Tierra con mayor intensidad en unas horas. ¿No has visto la televisión?
—¡Que va! Para nada. Ayer fue mi día libre y lo menos que hago es ver televisión. ¿Pero qué tiene de particular esa tormenta solar?
—Pues dicen que, aunque no se espera que en España pueda tener repercusiones importantes, de todos modos se aconseja tomar precauciones con los equipos eléctricos y electrónicos, en previsión de posibles interferencias.
—Imagínate, chiquilla —dijo Milena—, que esa tormenta hiciera que se cayera todo el sistema eléctrico de los quirófanos, en medio de las operaciones, y que tampoco funcionaran los sistemas de respaldo.
—Bueno, eso sí que sería una gran putada. Menos mal que lo mío son las historias clínicas y el papeleo.  Nos vemos ahora, chicas; voy a cambiarme.

CAPITULO 2

Una mujer muy especial

 

Un breve retrato social

La hermana Teresa era una recia mujer de estatura mediana y andar algo pesado y lento, bien puesta en sus 55 años muy bien llevados. Desde la niñez, su fuerte constitución fue forjada en la fragua de las arduas labores del campo, dentro de la férrea, aunque amorosa, austeridad de una familia numerosa y de escasos recursos económicos. Hoy estaba a cargo del nutrido grupo de juveniles comulgantes, atenta a los mínimos detalles.
El reloj de pulsera, que miraba con frecuencia, marcaba las siete y veinte de la mañana. Con los brazos cruzados observaba con detenimiento el cielo, que tenía ese particular color azul que todos los días le gustaría ver. Solo unos tenues cirros filamentosos, sueltos por aquí y por allá, que tendían a deshilacharse y desvanecerse. La humedad era un poco alta; mas el día prometía ser claro y bien soleado, como debía de serlo un domingo para una ocasión tan solemne como aquella. Así que, segura de que no amenazaría lluvia, se dijo: «Veamos qué cosas suceden hoy», y trasladó su atención a las actividades que se desarrollaban.
Los casi cien niños, quienes iban a realizar su primera comunión, habían llegado a las siete, acompañados por sus padres, tal como se les pidió. La misa no comenzaría sino hasta las nueve, pero necesitaban esas dos horas para hacer el ensayo final y tomarse las fotografías.
Dos días de esa semana, durante varias agotadoras horas, habían estado practicando todo el ritual, desarrollado para la mayor vistosidad de esa celebración de la Iglesia Católica. Mediante él, en las juveniles mentes quedaría un grato e indeleble recuerdo de ese particular momento de sus vidas. Simbolizando el misterio de la transformación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, iban a recibir el sagrado Sacramento de la Eucaristía, celebrando la comunión por primera vez.
A pesar de que nada anormal sucedía, la mente de la hermana Teresa no lograba mantenerse enfocada. Estaba inquieta. Era raro, pero podía sucederle en ocasiones como aquella. Quería que todo el acto saliera a la perfección, que los niños tuvieran una experiencia grata, enriquecedora y perdurable. Sin embargo, no había ninguna razón aparente para su temor, porque todo parecía ir saliendo según lo planeado y dentro de los tiempos previstos. Los niños se veían animados al igual que sus padres y familiares; los adornos y flores estaban completos y las cosas en su sitio. Precisamente, un hombre bajo y moreno vestido con un mono azul salía de la iglesia, y se marchaba en la furgoneta de una floristería. Ella pensó que debía desechar de su cabeza toda preocupación y enfocarse en el acto.

Angelines

Unas notas musicales sonaron dentro de la catedral. En el coro, situado al lado del presbiterio y elevado a varios metros por encima del piso de la nave principal, docena y media de niños y niñas, dirigidos por la hermana Matilde, se encontraban listos para el último ensayo de las piezas corales que se cantarían durante la misa. La mayoría de ellas eran los temas clásicos, ya habituales y bien conocidos, pero un par de cantos serían de absoluto estreno. Fueron compuestos para la ocasión: uno, por la propia hermana Matilde; el otro, por una de las alumnas integrantes de la agrupación coral del colegio. Tenía muy buena formación musical, y estaba dotada de una particular inclinación y carisma para la creación y la composición lírica, como hacía mucho no se veía en alguien tan joven.
La hermana Teresa se dirigió hacia la parte trasera de la catedral. Allí notó que los dos fotógrafos, contratados por la asociación de padres y representantes de los niños, habían terminado de montar sus tenderetes cuales tiendas de feria. Colocaron los focos, reflectores, pantallas difusoras de luz y los fondos que consideraron más apropiados para el caso, según la creatividad, el estilo y gusto de cada uno, conformando unos estudios portátiles dentro de los que serían fotografiados los niños. Era una modalidad que se probaba ese año, que era común en otras partes. También dispusieron algunos accesorios tales como misales y rosarios, ramilletes de flores sintéticas y naturales; imágenes marianas e iconografías diversas, para ser utilizados en la composición fotográfica, según el gusto e inclinación particular de cada quien.
La hermana Gertrudis, muy adecuada para mantener el orden, debido a su gran estatura y corpulencia, fuerte voz y serio carácter, trataba de colocar a los inquietos niños y niñas en dos filas, a fin de repartirlos en igual número para cada fotógrafo. Junto con las madres, de manera solícita ella realizaba arreglos de última hora: sacaba brillo en algún zapato sucio, acomodaba cuellos de camisas levantados y nudos de corbatas torcidos, o alisaba vestidos. De igual forma tomaba un dobladillo que se descosió, aseguraba las flores sueltas y ayudaba a rehacer alguna que otra trenza de cabello o algún rizo rebelde que, por las buenas, no quería permanecer en el sitio en donde se lo requería.
Viendo que aún muchos de los niños se encontraban desperdigados por aquí y allá, la hermana Teresa se acercó a una de las niñas que estaba a su lado, formada en una de las filas.
—Laura Cristina, querida, para yo no tener que ponerme a gritar en esta hora y lugar que, como comprenderás, no quedaría nada bien, ¿querrías, por favor, correr la voz? Ve y dile a todos los que andan por ahí distraídos que vengan de una vez, y que se coloquen en las filas para tomarse la fotografía.
—Sí, hermana, no faltaba más.
—Y, por favor, acércate hasta donde Angelines está sentada en medio de aquellas niñas, y dile que ya puede venir.
—De inmediato, hermana —dijo la gentil niña, que se dirigió presurosa a cumplir el encargo.
Al igual que un bumerán regresa insistentemente al punto de salida, por más lejos que se lo arroje o fuerza que se ponga en el empeño, la particular preocupación que ese día sentía la hermana Teresa, volvió a ella al ver a la niña a quien había mandado a llamar. Había permanecido sentada en un banco del exterior junto con un niño, conversando y observando el quehacer de los demás. Difícilmente estaba sola, pues sus compañeros daban constantes vueltas alrededor de ella, yendo y viniendo como las abejas que revolotean sobre una flor llena de néctar. Vio que se levantó al ser llamada por su compañera, y caminó hacia donde estaba la hermana Gertrudis, quien la colocó de primera en una de las filas para el fotógrafo. Entonces ella decidió acercarse.
La niña hacía poco que había entrado en los 9 años de edad; era delgada, alta y esbelta, con cabellos de un negro color de azabache, largos hasta media espalda. El rostro tenía una tez aterciopelada y blanca, más bien pálida. Destacaban las largas pestañas sobre unos grandes ojos brillantes y fascinadores, que miraban con aparente languidez. Al ver a la hermana Teresa sonrió con dulzura.
—¿Te sientes bien, Angelines?
Ella asintió con la cabeza, acentuando la sonrisa para reforzar su afirmación.
Observándola con detenimiento, Teresa notó la emoción y ansiedad que la niña sentía. Sabía bien que era debido a su particular expectativa. Eran solo detalles mínimos, que hubieran pasado desapercibidos para otra persona; pero no para ella, quien, por encima de cualquier otro ser humano, tenía la inigualable dicha de conocerla tan bien. Cuando el fotógrafo condujo a la niña hacia el sitio en donde debería de colocarse para ser fotografiada, ella retrocedió unos pasos y se quedó en la entrada del tenderete, observando con atención.
Un niño que contaría diez años, alto y un tanto delgado, de carácter serio y reservado, quien había estado sentado con Angelines en el banco, se le acercó. Tiró ligeramente de su hábito, para llamarle la atención, y preguntó en voz baja:
—Hermana Teresa, ¿qué va a pasar hoy?
Ella quedó un poco confundida con la pregunta.
—¿Qué es eso de qué va a pasar hoy, oh? Hoy vais a recibir la comunión. Pero eso ya lo sabes.
—Eso no; lo que quiero saber es qué cosa especial va a pasar. Porque anoche soñé que, durante la misa de hoy, pasaría algo muy importante y extraordinario para todos los que estemos aquí.
—¿Ah, sí? Pues, Eloy, yo nada sé al respecto; lo siento.
El niño quedó cabizbajo por unos momentos, como reorganizando sus pensamientos, luego dijo:
—La hermana Sabina va a venir a la comunión, ¿verdad?
De nuevo ella quedó desconcertada por la pregunta de aquel niño, cuya peculiar delgadez obedecía a que su organismo rechazaba la mayoría de los alimentos, por lo que estaba sometido a una dieta muy restringida. Tenía una estrecha amistad con Natalia y especialmente con Angelines. Además, ella sabía que estuvo bastante unido con la hermana Sabina, quien le mostraba una deferencia particular.
—¿La echas de menos?
— Sí, hermana. He pensado mucho en ella desde que se marchó. Ella siempre fue muy especial conmigo. Se lo pregunto a usted, porque ella también estaba en mi sueño. Ella tenía una cara muy triste y a la vez muy alegre, y yo no entiendo esa contradicción. Pero me contento mucho, porque estoy seguro de que hoy podré verla. —Y al decir esto sonrió con optimismo.
—Eloy, tampoco sé nada al respecto —dijo la hermana Teresa poniendo una mano sobre su hombro—. Si va a ser como viste en tu sueño estás más enterado que yo. Desde que se fue no he vuelto a tener contacto con ella. Tampoco tengo información de que ella vaya a venir hoy u otro día. Anda, regresa a la fila y tranquilízate. Veamos que nos trae el día de hoy, que nada habrá de pasar que no sea para el bien de todos. Y eso es algo que yo casi podría asegurarte.
Viéndolo regresar a la fila ella no dejó de darle vueltas a las palabras. ¿Qué iba a pasar ese día? Aquella pregunta, conjurada por boca del niño, no la ayudaba en nada para alejar de sí la preocupación que la mortificaba en silencio, sin tener con quien compartir la pesada carga de lo que sabía y de lo que no sabía. Porque tenía claro que cosas de gran importancia iban a ocurrir, e intuía algunas consecuencias de tales sucesos, pero desconocía la forma en que sucederían y cómo los afectaría.
Por otro lado estaba su inquietud por la salud de la niña, ya que de sobra conocía que no era buena. El año anterior, después de haberse preparado, la precoz jovencita no había podido hacer la comunión como quería, precisamente por haber estado muy enferma. Este año, a pesar de que el médico hubiera preferido lo contrario, fue tanto lo que la niña insistió y la forma en que lo hizo que, finalmente, aunque no de buen grado, el galeno dio su autorización con algunas reservas, para que asistiera al acto con sus compañeros en lugar de recibirla en la capilla del convento.
Allí de pie, la hermana Teresa no podía apartar los ojos de aquel ser tan inusual, a quien amaba de forma tan profunda y particular. Por aquella niña, si fuera necesario, ella entregaría su vida, muy gustosa, con absoluta complacencia y dando las gracias a Dios por permitírselo. Pero no se engañaba, conocía muy bien que la preocupación por su condición física, si bien delicada, no era la causa que la tenía con el corazón en un puño y el alma en vilo, sino lo otro, aquello que habría de suceder, y a lo que ninguna persona ni fuerza alguna en este mundo podría oponerse. ¿Pero, en realidad, qué era lo que iba a suceder hoy, exactamente?
Una pregunta similar se le había hecho ella años atrás, aunque por otras circunstancias distintas. Su mente, vivaz e intranquila, no pudo evitar escaparse. Voló ocho años hacia el pasado, al día en que una cascada de increíbles acontecimientos se había iniciado. Resultaron de tal grado que, ya bien entrada en la madurez como estaba, llegaron a cambiarla profundamente, de maneras impactantes y en formas inesperadas y por ningún humano soñadas. Su vida, que hasta aquel entonces había sido tan rutinaria, tan común y tan simple, dio un giro total, trocándose por otra más rica y provechosa.

Actualización: 23-10-2011. Trozo añadido:

La llegada al convento

Aquella mañana la hermana Teresa salió por las puertas de su convento con dos maletas por todo equipaje. Dejaba atrás una etapa de su vida y se aprestaba a encarar otra nueva, con el marcado optimismo que ofrecían unas gratas expectativas. Muy para sus adentros ella había murmurado: «Veamos qué cosas suceden hoy». Luego de un trasbordo y un total de siete horas de viaje, el tren se detuvo en la estación de su destino. Ella bajó al andén cargando con su par de pequeñas maletas, una en cada mano, pues le resultaba mucho más cómodo equilibrarse con ellas que con una sola grande.
Nacida en el campo, miró el cielo con ojos escrutadores. Era una hermosa tarde del primer domingo de una primavera que, como cosa extraña, llegó adelantada ese año. El sol calentaba de manera muy reconfortante. Los rayos se filtraban a través de un cielo parcialmente cubierto con nubes de altos cúmulos, que parecían un montón de copos de algodón o un rebaño de blancas ovejas, creando la formación del típico cielo aborregado que, lenta y perezosamente, se iban disgregando. Con verdadera fruición aspiró el aire. Se sintió bien. Aquella ciudad tenía un ambiente que le agradó. Resonaba con ella de forma placentera.

—Es un excelente comienzo —dijo en voz baja—. Parece que la ciudad y yo congraciamos. Y eso ya es importante. Sí, señor, veamos entonces qué cosas suceden hoy.
Preguntó la dirección que necesitaba y, a buen paso, se encaminó por las calles. Aprovechó el paseo para contemplar detalles arquitectónicos de los edificios, particularmente los más viejos; también para mirar algún que otro escaparate de tiendas. De joven siempre le había gustado ver las vidrieras, aun cuando no llevara en el bolsillo ni un céntimo con que comprar nada. Pero, al menos para ella, una cosa nada tenía que ver con la otra.
Unos veinte minutos después, su grato paseo la llevó hasta lo que bien podían considerarse las afueras de la ciudad, donde divisó el convento y colegio al que había sido trasladada. Desde el exterior, así, a las primeras de cambio, parecía un lugar austero, aunque agradable. Ya le habían dicho que lo era. En su congregación se le tenía como un lugar muy especial. Se consideraba un privilegio estar en él; muy pocas lo lograban. Pero no había encontrado alguien que pudiera decirle la razón. A sus 47 años de edad era su primer destino desde que, poco menos de quince años antes, ingresara a la vida religiosa en aquella Orden que se fundara inicialmente hospitalaria.
La edificación del convento se encontraba dentro de una gran finca, rodeada por un alto y regio muro perimetral que desde la calle apenas dejaba atisbar una pequeña parte de los techos, y el campanario de la iglesia. Estimó que el lado amurallado que tenía ante sí contaría unos doscientos metros de largo, ocupando una calle completa. Hacia su mitad, el acceso principal estaba formado por un enorme arco peraltado. En el clave aparecía labrado, en alto relieve, un sencillo escudo heráldico cuartelado, con dos cruces y dos mitras, opuestas unas y otras, sin ornamento exterior y sin divisa alguna. Pensó que sería interesante averiguar a quién perteneció.
El soberbio portón estaba compuesto por dos grandes hojas de muy gruesa madera, obscurecida por la acción del tiempo. Gran cantidad de gruesos remaches, pernos y fuertes herrajes, la reforzaban. Parecía como si el conjunto hubiera sido construido y dispuesto para resistir los embates de arietes y carneros, durante algún asedio enemigo. Era comparable al de un castillo, en sus generosas dimensiones, muy necesarias, en la época de su construcción, para dar un adecuado paso a jinetes, carretas con carga, calesas y grandes carruajes con varios tiros de caballos, mulas o yuntas de bueyes. Y tan conveniente ahora para el acceso de vehículos automotores de todo tipo y tamaño.  En un lado, bien grabada en la piedra, en una inscripción con caracteres antiguos, se podía leer:
«Caminante, caballero, despojaos de todo título, honores, posición y pretensiones mundanas, antes de cruzar por estas puertas. Vestíos con la túnica de la humildad y seréis bienvenidos, porque aquí todos reciben igual trato, sin distingo alguno de condición. Entrad sin esperar recibir y recibiréis lo que no esperabais encontrar; pero que buscabais sin saber».
—¡Caramba! ¡Qué interesante! ¿Qué será lo que yo estoy buscando sin saber —se preguntó en voz alta, algo divertida—. Me parece que va a ser interesante averiguarlo.
Como no vio timbre, intercomunicador, tirador de campanas ni nada dispuesto para llamar, accionó lo único que encontró, que era la aldaba de un postigo en la hoja izquierda, para dar acceso a caminantes, uno a la vez. Encontrando el paso franco entró, cerrando tras de sí.
Por unos momentos se quedó inmóvil al otro lado, sin aliento. No era para menos. Se encontró con un mundo de fascinación, con otra dimensión, como si ella hubiera atravesado una brecha en el tiempo. Ante ella se abría una amplia calzada empedrada, que se extendía por un centenar de metros o más. Dividía en dos una suerte de hermosos jardines y vergeles. Allí la primavera había hecho su explosión y la mano de la naturaleza regado, con bien desenfadada generosidad, flores silvestres de multitud de colores, tamaños y formas. Y la mano del buen jardinero había intervenido también, para sembrar multitud de otras variedades, en primorosos macizos y arreglos caprichosos, en un verdadero derroche de imaginación y exquisito gusto.
Por aquí y allá pudo ver también amplios sectores de terreno labrado y dedicados a huerta, algunos mostrando sus frutos crecer para la cosecha; otros, dispuestos para recibir la siembra. Por su larga experiencia estaba segura de que proveían una buena abundancia de coles y verduras, de tubérculos y legumbres en general. Comprendió que aquellos productos servirían muy bien a la cocina del convento, cubriendo de forma muy conveniente sus necesidades de hortalizas.
Con aquella peculiar mezcla de huertas y de exquisitos jardines, en aquella finca se había logrado una bien equilibrada presencia vegetal, de gran solaz para el espíritu y de indudable utilidad para el cuerpo. Y en donde el espíritu y la materia se encuentran en equilibrio, la mente está en paz y bien dispuesta.
Todo aquello le hacía preámbulo al edificio principal del convento, una maciza construcción pétrea de principios del siglo XII, con tres pisos y una torre campanario a un lado. El conjunto se hallaba enclavado en una finca que tenía unas 40 hectáreas profusamente arboladas, con terrenos de cultivo muy fértiles.
Demarcando y defendiendo toda la propiedad, cual celosos vigilantes, pinos y cipreses se alineaban con perfecto orden a todo lo largo de los altos muros. Por los laterales del convento crecían árboles frutales diversos, descollando algunos que estaban en la apoteosis de su floración.
En la gran mayoría de tantos afamados jardines en diversos lugares de España y de Europa, se había cuidado la perfección de la línea recta y la pulcritud y simetría de árboles y setos, podados en caprichosas formas artificiales. Al contrario, allí campeaban influencias de otras partes del mundo, puesto que, aparte de la calzada principal y su fin práctico, en todo lo demás se había evitado al máximo las líneas rectas.
Así, por aquí y allá, como al descuido, pareciendo haber estado desde siempre, se veían estrechos y sinuosos caminos también empedrados que, con todo propósito, sus curvas hacían más largo el trayecto para el paseante. Pero, de trecho en trecho, podían encontrarse bancos de piedra en donde sentarse a descansar, entretenerse en escuchar los trinos de algún ave canora, contemplar un nido o un cantero en floración; revisar con la mirada las alfombras de trébol en busca de alguno con cuatro hojas, o leer un libro. Y en las vueltas y recodos de aquellos senderos se habían ubicado árboles frondosos, estatuas de tamaño natural, grandes macizos de flores o altos setos que impedían ver más allá. Todo ello acicateaba la curiosidad del caminante, invitándolo a seguir un poco más, para ver que otras maravillas le esperaban hasta el siguiente recodo.
La calzada vehicular desembocaba en una gran redoma que, en sus buenas épocas, permitía holgadamente dar la vuelta a las carretas y sus enganches, que cargaban frutas y verduras del excedente que se llegó a producir para la venta en los pueblos aledaños. También a los carruajes con personas, quienes, tras salvar cinco peldaños, accedían a una amplia galería. Era una arcada que se extendía a todo lo ancho del edificio, techada con grandes lajas de pizarra negra que, en los momentos caniculares del verano, daban sombra y frescor a la fachada principal de la planta baja.
En ella había algunas ventanas. Justo en el centro, perfectamente alineada con la calzada, en un arco de fábrica con dovelas de piedra de color más claro que el resto de los muros, se ofrecía la entrada principal del edificio, cuya puerta abierta invitaba al caminante a franquearla sin temor. Era la parte vieja del edificio que seguía funcionando como convento, porque en el extremo opuesto, con entrada independiente por otra calle, había un nuevo edificio que, desde hacía una veintena de años, se había construido como colegio y ayudaba al convento en su sostenimiento económico.
La hermana Teresa caminaba con lentitud, extasiada en la grata contemplación de aquellos jardines que llenaban todos sus sentidos. Ya llegando a la plazoleta llamó su atención la gran concentración de mariposas por el lado derecho. Describían círculos sobre un pequeño espacio de jardín cerca de unos setos, mientras una nutrida bandada de aves cantaban con alegres y sonoros trinos en un árbol cercano.
Sobre la abundante hierba, parcialmente a la sombra de un macizo de flores con predominio de tulipanes, creyó ver algo que se movía. Dio algunos pasos más. A unos ocho metros, sentado en el suelo alcanzó a ver un bebé que apenas tendría un año. Vestía el pañal y una blanca camiseta de algodón sin mangas. Destacaba entre los verdes colores de hojas y grama, los blancos y amarillos de las margaritas, el rojo de las amapolas y el vivaz morado de los jacintos. Tenía el cabello tan negro como la noche, brillando como ungido en aceite. Mostraba una sonrisa radiante, como solamente un niño puede tener, que dejaba ver un par de blancos y pequeños dientes. Jugaba con algo que parecía una manguera de jardín. Ella miró alrededor sin ver a nadie, a menos que estuviera oculto tras algún arbusto o seto, por lo que la presencia del bebé le resultó extraña y desconcertante.
Pensó que, forzosamente, algún adulto tenía que andar cerca cuidando a la criatura, pues no podía ser de otro modo. Pero seguía sin ver a nadie. Dejó las maletas en el suelo y se acercó unos pasos, alcanzando a ver en el cabello del bebé un primoroso lazo de color rosa, por lo que asumió que se trataba de una niña. De inmediato sonrió, al darse cuenta de que aún no había podido deshacerse de ese viejo cliché, que asociaba los colores con el sexo de los niños.
Dio otro par de pasos y se detuvo en seco. Un grito trató de escapar de su boca, pero se ahogó en la garganta. Ella quedó virtualmente convertida en una estatua de piedra. El corazón saltaba alocado, queriendo salirse del pecho, resonándole en las sienes. Los ojos y pupilas se abrieron al máximo posible, mientras la frente se le cubría de sudor. Estaba aterrada. [...]

 Opiniones sobre la novela.

Aun no tengo todas las opiniones que quisiera. También estoy esperando estadísticas que me digan si ha sido más leída por mujeres o por hombres.

Un par de opiniones de dos editoriales:

«…Por nuestra parte sí debemos decirle que pocas veces nos encontramos con un libro cuya lectura haya sido tan placentera.»
Letra Clara Ediciones.

«… Nos sumergimos en la lectura para disfrutar de una historia mágica que nos envuelve desde las primeras páginas.»
Entrelíneas Editores.

Espero las opiniones de los lectores.

2 pensamientos en “La comunión de los ángeles

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