Escribir, oficio de dioses

Puerto de Cudillero y faroHace bastante tiempo yo leí que el escritor era un dios, porque escribir es el oficio de Dios. No me llevé las manos a la cabeza gritando !herejía! Lo tomé como una metáfora y me puse a pensar en ello.

En mi vida yo pasé por etapas de dibujante, pintor, diseñador, arquitecto, poeta y escritor. Sin olvidar el de marino, la ocupación de los que no están ni vivos ni muertos. Pero fue a medida que yo desarrollaba mi oficio como escritor, a tiempo completo, que llegué a comprenderlo. Escribir es la creación pura, quizás la cúspide de la creación a nivel humano.

El escritor es alguien que puede transformar la realidad en otra cosa muy distinta. También puede crear, desde la nada, ciudades, personas, situaciones, ambientes y mundos enteros. Las grandes obras literarias perduran en la mente de las personas, y con el tiempo pierden su carácter de obra del ingenio y la imaginación del escritor, para convertirse en realidades que todos ven como tales.

Muchos me han preguntado qué es la tan socorrida «licencia de escritor», también llamada licencia poética; esa especie de bula que nos permite alterar la verdad sin convertirla en mentira. Lo diré con un simple ejemplo, de mi época de pintor.


Estás con el caballete, el lienzo y los pinceles en el borde de un hermoso acantilado, cerca de un faro en un día nublado y gris. Sabes que no volverás en un día radiante de verano. Así que plasmas en el lienzo lo que tú ves, la realidad que tus ojos humanos aprecian en ese momento.

Pero los ojos del pintor (del fotógrafo, del escritor…) ven lo que los demás no ven y lo que no hay, pero que pudiera o quizás debiera de haber. Por eso, sobre lo ya pintado, tú añades unas gaviotas volando y, en el horizonte del mar, un hermoso velero de blancas velas y unos rayos de sol que se cuelan entre las nubes, iluminándolo con la maestría de Joaquín Sorolla.

No conforme todavía, en una esquina de tu lienzo colocas ese almendro en flor que no está allí, pero que tú sientes que falta para darle al sitio la vida y el colorido que tú quieres. Sientes que falta algo más para que pueda ser contemplado el idílico lugar, y pintas un hermoso banco de madera para que la gente se siente en recogido silencio. Entonces miras tu cuadro y quedas complacido con tu creación. Amigo mío, permíteme decirte que tú ya no eres un pintor, eres un dios. Mediante el poder que tu espíritu deífico te da, tus pinceles han alterado la realidad para convertirla en otra cosa, pero sin que deje de ser verdad. Esa es la licencia del escritor… y de los artistas creativos en general.

Pero solo el escritor, a través de la magia de su pluma convertida en varita mágica de poder inconmensurable, tiene la capacidad de crear no solo mundos enteros y entornos, sino personajes que viven, hablan, sienten, aman, padecen y tienen una vida mortal o inmortal. Personajes y situaciones que son vividas por el lector como si de una realidad incuestionable se tratara, aceptándolo como cierto. ¿No es eso ser un dios?

En mis reflexiones yo también he descubierto dos cosas.
La primera es que escribir es realmente el oficio de los dioses, por eso es tan difícil.

Sabiendo yo que el sonido no existe en sí mismo, sin unos oídos que puedan transformar la onda vibratoria en algo audible; en otras palabras, sin alguien que esté para escucharlo, me llevó a la segunda conclusión: No puedes ser un dios sin tus criaturas, sin alguien que contemple tu creación. El escritor crea esos mundos, personajes y situaciones reales, aun cuando sea ficticias. Pero será una creación dormida, que tan solo despertará cobrando vida y fuerza cuando ese libro sea abierto y leído. Por eso, por más imaginativo, creativo y genio literario que un escritor sea, no es nada sin los lectores. Vosotros, tan solo vosotros, sois los que permitís que una creación literaria cobre vida.

Aclaratoria: Ahora explico por qué dije que los marinos no son ni vivos ni muertos. De la remota antigüedad de la navegación a remos y luego a vela, los buques zarpaban y tardaban muchos meses en regresar, si acaso regresaban. La gente no sabía si sus familiares marinos estaban vivos o muertos. Por eso se dijo que había tres clases de personas: los vivos, los muertos y los marinos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *