El trabajo del escritor que queda oculto tras el telón

Portada novela Toda una vida sin tiCuando vamos a ver un espectáculo circense, tal como el Circo del Sol, quizás lleguemos a valorar todas las horas de trabajo, preparación y ensayos diarios constantes que se requieren para montar y realizar cada número, que van mucho más allá de esa simple hora y media de espectáculo, y que es ese trabajo que se desarrolla tras el telón, como se dice.

Una obra de teatro, un musical, una ópera y el rodaje de una película son otras de las artes escénicas que nos mueven a pensar en el tiempo de dedicación a la selección y elaboración del vestuario, la escenografía, el casting, las ambientaciones y búsqueda de localizaciones para los sets y todo lo demás.

En un pintor y un fotógrafo sería el equivalente a la minuciosa y delicada preparación del bodegón que le servirá de modelo. Tiene que elegir las frutas de la forma y color adecuados, colocarlas sobre la bandeja en la mesa y mezclarlas de la mejor manera, para que armonicen y para resaltar los colores que le interesa que dominen. Luego decidirá qué forma de la copa con vino será mejor, dónde quedará más idónea y en qué ángulo vendrá mejor que tenga el reflejo. Después preparará la iluminación, el fondo y demás, y volverá a reacomodar y reajustar los diferentes elementos; todo ello antes de dar la primera pincelada sobre el lienzo o apretar el disparador de la cámara. Sí, he sido pintor y soy fotógrafo también.
Pero no solemos hacer esas mismas consideraciones cuando leemos una novela. ¿Por qué?

La mayoría de los lectores piensan que las investigaciones previas y la documentación son propias nada más que del género de la novela histórica. Muy pocos o quizás ninguno llegue a imaginarse que detrás de una «simple» novela romántica, género tan menospreciado por muchos y ahora en alza, pueda haber también esa misma labor igual de profunda y exhaustiva. Qué equivocados están.

Toda una vida sin ti es mi 8º título de novelas —mi tercero del género romántico—, del que estoy publicando el primero de los dos tomos que lo conforman, subtitulado  «La traductora de árabe». Han sido muchas, muchísimas las horas que sumaron días, semanas y meses de investigaciones y trabajo de preparación previa. Trabajos que cuando estás incluyendo a 175 personajes —el 90% con nombres extranjeros y la mayoría árabes—, 58 de ellos en la familia principal de la trama abarcando 135 años, obligan a la minuciosa y siempre laboriosa y delicada creación de la línea temporal de la trama y la genealógica de los personajes. Además de bocetos, dibujos, planos, retoques de fotografías que ayuden a visualizar sitios y escenas y bastante más. Ya más que eso hubiera implicado realizar el storyboard como en las películas.

Quizás sea también que yo soy demasiado detallista en muchos aspectos de su preparación, circunstancia que no se evidencia en las páginas de la obra terminada. Porque es ese trabajo de escritor que está culto detrás del telón.

Para mí es esa íntima y satisfactoria labor creativa del escritor que ama y disfruta lo que hace, y que va muchísimo más allá de la cantidad de ejemplares que se logren vender. Labor que agrupa el trabajo multidisciplinario de la selección del casting, del diseño del vestuario, del maquillaje e iluminación; de elección de la banda sonora y las locaciones más idóneas. También hacer de arquitecto, maquetista, diseñador de los escenarios y jardines, geógrafo, historiador, anticuario; experto en armas, balística y bombas nucleares, en caballos, camellos, autos, aviones; astrónomo, astrofísico, musicólogo y conocedor de pianos y de óperas, guionista y, por supuesto: director de cine. Sí, todo eso y más, aunque no lo creas, porque es ese trabajo de escritor que queda oculto tras el telón.

Quizás te preguntes por qué. Bueno, si mencionó que hay una hermosa mansión de arquitectura marroquí metida dentro de un extenso palmeral, es algo que se lee rápido y se ve sencillo. Lo podrás visualizar muy bien si en España has estado en el palmeral de Elche o en el de Orihuela, o posiblemente en cualquiera de los que hay en tantas partes de Egipto, Arabia y África; quizás en Marruecos, Túnez o Argelia. En caso contrario, te harás alguna ligera idea nada más teniendo como modelo algún bosque, a pesar de que la diferencia pueda ser grande.

¿Conoces cómo es la vida de los pasajeros a bordo de un buque de crucero? ¿Conoces las costumbres sociales musulmanas? ¿Sabes cómo son las casas marroquíes? ¿Sabes algo de su arquitectura?

¿Tienes idea de qué óperas se interpretaron en el Teatro La Fenice de Venecia en 1907? ¿O en el Teatro di San Carlo en Napoli durante la temporada de primavera de 1931? ¿O quiénes actuaron en la ópera Pagliacci en diciembre de 1910 y en Madama Butterfly en enero de 1911 en el Metropolitan Opera House de New York? O quizás sepas qué tipos de pianos fabricaba Mason & Hamlin en Boston en el año de 1910.

¿Conoces cuál es la normativa de separación aconsejada entre cada palmera datilera? ¿Sabes a qué distancia las sembraban antiguamente en Marruecos, Arabia o en Túnez? ¿Para qué lo necesitas, verdad? Pero yo, como escritor, al menos yo pues no sé lo que harán otros, necesitaba saberlo. Aunque no fuera más que para no poner a aterrizar una avioneta o un helicóptero en el corredor entre dos líneas de palmerales, que se ven tan separadas, y la realidad fuese que es imposible porque no cabría. ¿Lo captas ahora? Pero como lector no sabrás que tuve que hacerlo, porque ese es el trabajo de investigación como escritor que no se nota porque queda tras el telón.

¿En necesaria toda esa investigación para lograr escribir una novela romántica no histórica propiamente?

No, por supuesto que no. Las hay por ahí en que todo fue comenzar a escribir y terminar. Y ya no hablo de las denominadas «novelas de quiosco» «libros de consumo», «bolsilibros» o «pulp» en inglés. Que ni siquiera han querido clasificarlas como literatura propiamente, sino como literatura popular o, despectivamente: subliteratura. Porque a un escritor que tiene que publicar una novela semanal cumpliendo parámetros bastante estrictos, no se le pueden pedir investigaciones, profundos análisis psicológicos y ni siquiera calidad alguna.

De las novelas de comenzar a escribir y terminar he leído más de una de las que ya alcanzan el nivel de literatura. Eran esas tramas de quien cuenta la historia de amores y desengaños, para él bien conocida, que le sucedieron a su tía Lola que vivió en Cuba o en Galicia, que el lugar resultó lo de menos porque no describe nada relevante de él. En las que leí no me pareció que hubiese detrás trabajo de investigación ninguno. También las hay que lo tienen.

Mi última novela, Toda una vida sin ti, no fue tan simple y yo sí tuve que averiguar todo eso y más, mucho más. No solo esta. Por suerte, puedo afirmar que cada una de las 7 novelas —que componen 11 tomos— que ya tenía publicadas han tenido detrás una extensa labor de investigación. Esta 8ª que acabo de publicar, de nuevo con 827 páginas, no se queda atrás en nada. Porque la parte histórica que tiene consumió una larga investigación primero y, luego, un delicado trabajo para que esos hechos históricos compaginasen con edades de personajes, fechas de nacimiento y situaciones, hasta lograr encajar satisfactoriamente la trama dentro del marco temporal histórico.

Y digo: por suerte, porque para mí es una delicia todo ese trabajo de escritor que queda oculto tras el telón. Ese es, precisamente, el trabajo que más nos enriquece como escritores.

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